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Política de la contradicción

2026-02-22 - 07:33

De acuerdo, las contradicciones son inherentes a la propia condición humana, pero también la necesidad y la voluntad de superarlas, o sea, de tratar de vivir coherentemente. Y es que una cosa es tener contradicciones y otra es hacer de éstas un ideario vital e ideológico. Es en eso precisamente en lo que está una buena parte de nuestro guiñol político. Gabriel Rufián quiere liderar la izquierda española más radical y antisistema aglutinada en Sumar desde el mismo secesionismo catalán que propugna un proyecto de ruptura con el resto de España. Y a la vez Sumar quiere liderar un proyecto de izquierda nacional abrazando el ideal plurinacional. Cuando Karl Marx proponía como estrategia acentuar las contradicciones del capitalismo no era porque éstas le parecieran algo saludable sino porque veía en ellas un fuerte potencial de destrucción. Tan fuerte como para acabar con la economía de mercado. La paradoja con la que hoy nos topamos en el presente español es la de un marxismo que acentúa con euforia sus propias contradicciones como si éstas le beneficiaran y le sirvieran de potente motor. Sí. Rufián es un ilustrativo exponente de este particular fenómeno. Es una contradicción andante. A su campaña de capitanear un Sumar al que su republicanismo secesionista le pediría 'restar' se añade en estos días su voto en contra de la prohibición del burka, que a la vez considera una intolerable, machista y vejatoria imposición. Contradicción que se queda corta al lado de las feministas de izquierda que defienden esa misma cárcel textil en nombre de la libertad de la mujer. No. No es que el populismo adolezca de determinadas contradicciones sino que vive de ellas. Es precisamente en la contradicción en la que reside su propia esencia. El populismo disfruta, saborea, paladea la contradicción y el hecho de que su parroquia no la delate ni la denuncie ni la rechace sino que incluso se sienta estimulada por ésta. Y, así tenemos, a una médica y madre, a una Mónica y médica, que lanza un Estatuto Marco contra su propio colectivo profesional hasta ponerlo en pie de guerra. Y así tenemos que a las contradicciones de la izquierda les siguen las de nuestros nacionalismos periféricos, que se han propuesto y han logrado convertirse en receptores netos de ayudas del mismo Estado al que repudian. Los nacionalismos producen líderes que van de vascos o de catalanes étnicos y que no se sienten españoles pese a proceder de Burgos o de Soria, de Jaén o de Granada. Volvemos a la cuestión del velo integral; a ese proyecto de ley que proponía su prohibición en suelo español y contra el que se han pronunciado unánimemente todas las fuerzas supuestamente progresistas bajo el contradictorio lema de "Ni burka ni Vox". Creo que es preciso señalar que ese voto contra una causa claramente justa y democrática va mucho más allá del miedo de esa progresía a reconocer que no todo en Vox es rechazable y a quebrar su machacón discurso publicitario basado en la amenaza de “que viene la extrema derecha”. Detrás de los motivos coyunturales que explican ese rechazo, está la vieja tradición de la izquierda de utilizar a los nacionalismos como fuerza revolucionaria, que surgió del PSUC en los años 50 y que repite hoy la misma operación de reciclaje utilitario con el fundamentalismo talibán. La repite pese a que es imposible presentar como izquierdista el islamismo en ninguna de sus formas si no es contradiciendo frontalmente el dictum de Marx: "La religión es el opio del pueblo". Decía Lili Brick, la amante del poeta Mayakovski, que "si un hombre no se suicida, es porque supera en fuerza las contradicciones que le atenazan o porque no tiene ni idea de lo que es una contradicción". No sé si nuestra izquierda sabe lo que son las contradicciones. Lo que sé es que no da un paso sin caer en ellas.

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