Política exterior, sin salir de España
2026-03-28 - 11:40
Viajar al Reino Unido causa una sensación ambivalente. Por un lado, es fácil admirar su sistema político y, sobre todo, una sociedad civil implicada, activa y crítica que somete a escrutinio la actividad del ejecutivo. Cuántas veces tantas voces han puesto el acento en la ausencia de este tejido social e institucional en España, mucho más allá de los partidos políticos, que constituye el autentico corazón de su democracia. Tres años sin Presupuestos, con un fiscal general condenado o, con un presidente del Gobierno (qué error no llamarlo aquí primer ministro) con una tesis copiada y de autoría desconocida son inconcebibles. No hablemos del espectáculo prostibulario. Pero, pasada la admiración, da más pena comprobar como sus objetivos políticos se consiguen a costa de otros países europeos, en concreto España, en múltiples órdenes sin que en nuestro país nadie sienta ni padezca. Más allá de consignas patrióticas –que también– es una pena como se está desenvolviendo el asunto del acuerdo de Gibraltar. Cómo se echa de menos a José María Carrascal, como voz autorizada que pusiera el foco ante tanto dislate. Un mal acuerdo que va a consagrar nuestra condición inferior a los colonos. Y lo más grave, sin explicar, sin debate, sin pena ni gloria. El actual Gobierno, tan afín a personajes de la Segunda Republica, bien podría tomar nota de lo que casi sin excepción se pensaba en aquella época de Gibraltar. Y, lo más grave, como este acuerdo va a consagrar la condición lacayuna y desigual de la comarca de la que vive la colonia. ¿Es de izquierdas dar cabida en la UE a un paraíso fiscal a nuestra costa? ¿Es de izquierdas consagrar la desigualdad en un espacio territorial incrustado en una de las zonas más castigadas por el paro de España? ¿Cuántos hospitales podrían construirse con lo que nos cuesta fiscalmente Gibraltar? Son preguntas que quedan sin respuesta. Como todo lo que tiene que ver con el acuerdo. Una pena. Gustavo Emiliano Blanco Fernández . Madrid El Gobierno del Ayuntamiento de Nou Barris (PSC), con el apoyo de los grupos de ERC, Junts, Podemos y 1.200 firmas, ha aprobado el cambio de nombre de la plaza del Virrey Amat por el del poeta Joan Salvat-Papasseit. El poeta de la Barceloneta murió joven y tuberculoso. Según Josep Pla, fue un poeta mediocre y nada aportó a la poesía catalana, pero odiaba a España y fue catalanista y anarquista. La obsesión de la izquierda separatista por cambiar nombres de calles y plazas ha llevado al Gobierno del distrito a hacer el ridículo, demostrando una incultura sublime. He leído la obra de Papasseit y, desde luego, no fue maestro de nadie, ni de Riba, Carner, Espriu, Martí i Pol o Vinyoli. Es un sinsentido cambiar nombres por pura ideología y a la baja, como se hizo con la calle del almirante Cervera por la de Rubianes, pero el nacionalismo tiene eso. Roberto Bermejo Cuadra. Barcelona