¿Por qué la piel se vuelve literalmente loca? Las claves para evitarlo
2026-03-12 - 13:04
Una de las alteraciones más frecuentes de la piel es la llamada piel sensible o piel hiperreactiva, según nos pongamos más o menos técnicos. Esta tendencia afecta al 39% de la población, con más predominio de mujeres que de hombres. ¿Pero en qué consiste y por qué se produce? Nuestra epidermis (la superficie de la piel) está llena de terminaciones nerviosas llamadas corpúsculos de Meissner, Pacini, Ruffini y Merkel. Estos diminutos órganos actúan como escáneres y mantienen permanentemente informado a nuestro cerebro acerca de todo lo que nos rodea: si hace calor, frío o humedad; si la superficie de lo que estamos tocando es afilada o roma; si estamos acariciando la piel de un niño o manejando las teclas de un ordenador. Nuestras neuronas procesan esa información y nos dicen que tenemos que abrigarnos si la temperatura es baja, si tenemos que ejercer poca o mucha presión según lo que estemos manejando o qué secuencia, a qué velocidad y con qué intensidad tenemos que actuar para tocar, por ejemplo, un instrumento musical. Todas estas sutiles y refinadas tareas están coordinadas por los sensores de la epidermis. Pero la piel, además de estas tareas tan sofisticadas, se pasa el día luchando contra los golpes, la contaminación, los productos químicos o la radiación solar, evitando que nuestros órganos internos sufran y se deshidraten. Es una tarea titánica e interminable a la que debemos, literalmente, nuestra vida. Como podemos apreciar, se combina lo más refinado con lo más básico y resiliente. Este continuo fluir de energía e información tiene a veces su límite y, entonces, nuestros sensores y la epidermis en general se pueden cortocircuitar. La piel, sometida a un continuo bombardeo de contaminantes, cosméticos inadecuados o demasiado agresivos y un exceso de radiación ultravioleta absorbida durante años, junto al estrés, las toxinas que el cuerpo elimina a través de la piel y las sustancias químicas de los alimentos más tóxicos, como los ultraprocesados, acaba sufriendo. En estado de máxima alerta Este cóctel va a acabar produciendo una mezcla tan agresiva que hace que la piel, literalmente, empiece a enloquecer; es entonces cuando permanece en estado de alerta máxima y es incapaz de distinguir, muchas veces, las sustancias buenas de las malas. Podríamos decir que nuestra epidermis tiene los nervios de punta. Si a eso añadimos pequeñas infecciones secundarias, como un resto de acné mal curado, una rosácea o una dermatitis, nos encontraremos con una piel enrojecida y tirante que reacciona mal ante cualquier producto y que nos produce lo que técnicamente se llama sensación de disconfort. Este es, por desgracia, un mal camino que no va sino a agravarse cada vez más. ¿Cómo evitarlo? En primer lugar, ser extraordinariamente cuidadosos aplicándonos cremas o leches de protección solar todos los días y, cuando pasamos al horario de verano, mañana y tarde si nos exponemos al aire libre. En segundo lugar, jamás tenemos que utilizar geles o jabones de limpieza en la cara; es preferible lavarnos esta solo con agua de tocador como la de angélica, la manzanilla o la avena, evitando el agua del grifo. Y en tercer lugar, y muy importante: cuando notemos la piel excesivamente sensible, hay que desterrar temporalmente de nuestra rutina los retinoles y retinales, los ácidos frutales y los activos que aceleran la piel. Hay que utilizar, en cambio, plantas calmantes como la mimosa, la avena o la caléndula, o antioxidantes como el tomate o la vitamina C. Así conseguiremos revertir ese estado poco deseable de nuestra piel y tenerla bonita, suave y resplandeciente.