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Por qué los 'deepfakes' hacen daño aunque no sean reales

2026-01-28 - 11:20

Durante los once días que Grok estuvo respondiendo a las solicitudes de creaciones de imágenes sintéticas, se elaboraron tres millones de deepfakes. Más del 65% eran imágenes sexualizadas que mostraban a mujeres o menores de edad, en su mayoría. Aún con la magnitud de estas acciones, una de las respuestas más repetidas fue la de "Si es falso, ¿qué más da?". En la propia plataforma X, la reacción de muchos usuarios fue la de minimizar el problema. Argumentos como que son "de mentira", "ficticias" o "arte muy realista" en todo caso, quitaban hierro a algo que tiene nombre y apellidos: violencia sexual digital hacia las mujeres. "No son más reales que un dibujo de Tom & Jerry", llegó a escribir un tuitero. Con una diferencia, Tom y Jerry no existen. Las personas a las que se les expropió la imagen y se vieron a sí mismas desnudadas y sexualizadas sin su consentimiento, sí. Tratándose de una tecnología relativamente nueva, la dimensión psicológica de este tipo de usos de modelos que funcionan con inteligencia artificial, es algo que aún estamos aprendiendo a nombrar. Pero, como comento en mi ensayo #S3xpidemIA (Loto Azul, 2025), el daño es real y tiene un efecto devastador en la víctima. No hace falta herir físicamente, lo simbólico también nos duele. Al ser altamente realistas, se puede entender su impacto. Verse desnudada o en una pose sexual, genera una identificación inmediata ("Pero si soy yo"). La imagen puede ser artificial, pero los rasgos son propios y el cuerpo reconocible, ya que está basada en fotografías reales. Una familiaridad forzada que provoca sensación de cosificación, vergüenza y violabilidad. Si a eso se le suma la motivación que hay detrás, de humillar, se intensifica el daño psicológico a las víctimas. Lo que es aún peor si se trata de un vídeo en el que la persona aparece realizando prácticas sexuales. Verse así y saber que ese material puede circular sin control y llegar a una cantidad de personas imposible de estimar (así como permanecer online indefinidamente), provoca estrés y ansiedad, sensación de impotencia y vulnerabilidad. No deja de ser una intromisión en lo más privado, una violencia del cuerpo sin ropa, lo que reservamos para lo íntimo. Ser víctima de un deepfake no solo erosiona la confianza en una misma, sino que también sacude la confianza en el entorno. Aparece la incertidumbre de quién está detrás de la creación o de la difusión de manera no consentida, quién lo habrá visto. Según estudios, como el realizado por investigadoras de las universidades de Messina y Catanzaro (Italia), las consecuencias psicológicas de la difusión de imágenes son comparables a las de la violencia sexual tradicional. Aunque no exista contacto físico, la invasión de la intimidad y la pérdida de control sobre la propia imagen son profundamente traumáticas. Y eso sin olvidar que hay factores sociales como culpar a la víctima, la viralidad en redes y la intensidad de la exposición, que amplifican el impacto psicológico. Cuando en muchos casos los perpetradores son conocidos de la víctima (parejas o exparejas), se agrega una capa más de violencia: la traición y el daño relacional. Pero volviendo a Tom y Jerry, la comparación no sirve porque ni sufren, ni cargan el resto de su vida con unas consecuencias de lo que les ocurre al terminar el episodio. No sienten vergüenza, miedo ni ansiedad de ver su intimidad circulando sin control. El daño provocado en la esfera virtual con las herramientas tecnológicas no es ficticio, ni reversible: las víctimas de las que hablamos tienen cuerpo real, emociones y memoria. No son personajes, son personas.

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