¿Por qué los imanes eran el terror de los disquetes en los años 90 y de Bender en 'Futurama'?
2026-02-28 - 07:03
¿Alguna vez has cogido la pegatina de la cáscara del plátano de Canarias y te la has puesto en la frente... porque sí? El ser humano no necesita muchas excusas para hacer cualquier acto, y menos si es de inteligencia difusa. Igual estabas zampándote el bocadillo de chorizo en la merienda, te tocaba una mandarina para rematar y el mero hecho de estamparte la etiqueta en la frente era una necesidad de vida o muerte. Portarla durante horas corriendo por el parque era opcional, pero siendo francos, muchas veces necesario. Ahora imagina que esa pegatina tuviera la capacidad de borrar tu memoria, transformar tu actitud, o aún peor, que te diera un ramalazo de cantante folk y no puedas parar de cantar a Simon & Garfunkel o Bob Dylan. Dependiendo de quién fueras podía caber esa posibilidad. Si eres tú, como ser humano sintiente, sólo eras una persona más con una pegatina en la frente, si eres Bender, de la serie Futurama, pasarías de ser un robot antisocial a entonar canciones folclóricas con entusiasmo descontrolado como el Aserejé y el ritmo ragatanga sin poder parar. Colocar un imán en su carcasa metálica le alteraba, y mucha gente tendrá recuerdos de Vietnam de su época en el colegio con los disquetes o floppy disks, a los que le sucedía algo parecido. Para los más jóvenes este dispositivo es “el símbolo de guardar del Word”, pero para gente más mayor, el pen drive de la época. Si sabes qué son, seguramente a lo largo de este has dicho algo parecido a "hay que cotizar para la jubilación", porque tienes una edad. El tiempo pasa y, si usaste estos dispositivos en el colegio, enhorabuena, has vivido su auge y su cese; esto último sin darte cuenta. En 2011 Sony anunció que dejarían de fabricar este tipo de memoria externa y, 15 años después, hay que recordarlo como se merece. Antes de los discos duros externos, los pen drives o los CDs para guardar información, existían estos instrumentos cuadrados en los que podías guardar la friolera de 1,44MB como mucho. Hoy en día es impensable tan poca capacidad. Cuando zarpa el amor de Camela ya ocupa más de lo que pueden guardar dos disquetes. Pues así era la vida antes, e incluso se llegó a la luna con esta tecnología, algo que me sigue maravillando y que con todo el avance tecnológico conseguido sólo puedo pensar, lamentablemente, que es directamente proporcional al retroceso por parte de la sociedad en su uso útil. Actualmente, toda la información se puede guardar en dispositivos seguros, con contraseñas y robustas carcasas, pero los disquetes tenían un poderoso enemigo que podía fastidiar todo el trabajo guardado en su memoria. Si colocabas un objeto concreto encima, podías borrar todo lo que había en su interior porque su almacenamiento era magnético. El sempiterno rival de la tecnología de los 90, un simple y peligroso imán. El imán que borraba información Esta peculiaridad sobre los disquetes se debe a su recubrimiento. Estos discos flexibles estaban recubiertos por una fina capa de material ferromagnético, generalmente compuestos de óxidos de hierro o cromo. La información no se grababa físicamente, como en una hoja de papel, sino magnetizando pequeñas regiones del disco llamadas dominios magnéticos. Estos dominios son zonas microscópicas donde millones de átomos alinean sus momentos magnéticos en la misma dirección. Al hablar de momentos magnéticos en la física nos referimos a pequeños dipolos generados por los electrones, que dicho así tampoco se entiende muy bien si no sabes del tema, así que a nivel coloquial podemos definirlos como ‘microscópicos imanes que generan el magnetismo del material’. La cabeza de escritura de la disquetera aplicaba un campo magnético que orientaba estos dominios en una dirección u otra, codificando así los bits (1 y 0) de la información digital. Al leerlos, la cabeza sensora detectaba la orientación de los dominios y reconstruía los datos. Ahí radicaba el problema, porque los dominios magnéticos podían ser reorientados por campos externos. Cada material ferromagnético tiene un parámetro llamado campo coercitivo, que indica qué tan resistente es a ser desmagnetizado. Cuando hablamos de grabación magnética, como en un disquete, estamos usando este principio para “forzar” a los dominios a orientarse en direcciones específicas que representan bits de información binaria. Cada cambio en la orientación del dominio equivale a un cambio en la información almacenada. Por eso, el medio tiene que ser lo suficientemente blando magnéticamente para permitir que la cabeza de escritura reoriente los dominios, pero no tanto como para que se desordenen con facilidad. En el caso de los disquetes, este valor estaba entre 600 y 900 oersted. Estos números así dichos no enseñan nada, pero por ejemplo, un imán de nevera tiene entre 50 a 100 Oersteds, con lo cual no puede modificar un disquete si se pone encima, pero un imán normal de ferretería sí podría. Al estar hechos de ferrita, un material cerámico, pueden alcanzar entre 1000 y 3000 oersteds, más que suficiente para influir en un disquete. Y un imán de neodimio moderno puede llegar incluso a 10.000 oersted borrando completamente tu trabajo de conocimiento del medio de primero de primaria del año 93. Ese imán acercado al disquete provocaba un "sobreescrito" salvaje. Las zonas que representaban información se reorientaban sin control, y el patrón original de bits se perdía para siempre. Es el equivalente a pasar un pincel con pintura sobre un código de barras: ya no hay forma de leerlo correctamente. Mientras que a los disquetes les erradicaba la memoria, los imanes producían en Bender un arrebato de cantante folclórico imparable. Aunque él no tiene dominios magnéticos, su “procesador” podría ser sensible al magnetismo alterando su programación provocando un comportamiento anómalo. Recordemos que siempre podría ser peor y en vez de darle por lo folklóriko podría cantar la horriblemente pegadiza canción de los balleneros de la luna que cantan canciones en Futurama. Esa canción que, si sabes cuál es, ahora tendrás resonando en tu cabeza, como si hubiera modificado tu mente con un imán de mal gusto.