¿Por qué no te callas, Trump?
2026-03-22 - 07:40
No. Confieso que no puedo estar en absoluto de acuerdo con el modo deslenguado, bravucón y amenazante con el que el actual presidente de los Estados Unidos viene tratando al nuestro desde el inicio de la guerra de Irán. Uno puede criticar lo que le parezca de Pedro Sánchez y de sus políticas; puede denunciar, como no ha dejado en ningún momento de hacerlo, su demagogia populista, el cerco de corrupción que le rodea y todas las demás lacras que constituyen su gestión y la de su multitudinario gobierno, pero no le hace ninguna gracia que en los foros internacionales Trump le trate como a un mindundi. Y es que Sánchez nos representa a todos los españoles, nos guste o no, y le guste o no incluso al propio Sánchez. A uno, en fin, le molestan, le indignan, le hieren, esas bravatas y amenazas que en el inquilino de la Casa Blanca se han hecho habituales pese a que puedan hacerle feliz a nuestro huésped de La Moncloa porque le dan el inmediato relieve mediático que busca y que borra la estela de impopularidad que le acosa. Sí. La cuestión del maltrato trumpiano nos afecta a todos los ciudadanos de este país, seamos sanchistas o antisanchistas, y, más allá de la anécdota pintoresca, tiene un hondo e incómodo calado geopolítico en el mismo mapa de sus recientes órdagos y asaltos al orden internacional. Al "No queremos nada con España" y al "España es un socio irrelevante para los intereses estadounidenses" se ha añadido en estos días atrás el chulesco "usaremos las bases españolas si queremos". Aquí es que hay algunos que nos están dando a todos lecciones de patriotismo, pero que, paradójicamente, le ríen a Trump las gracias de los aranceles a nuestras exportaciones, los demás castigos que promete para nuestra economía y ese estilo matonil que amaga con burlar nuestra integridad territorial en las bases de Morón y de Rota. Aquí es que hay algunos que son tan patriotas que aplauden servilmente el hecho de que un tipo que no sabe ni localizarnos en el mapamundi nos trate como a hormigas. No ha hecho falta esperar mucho, sin embargo, para que Trump hiciera extensible el insulto a todos los miembros de la OTAN por no movilizarse para solucionar el desaguisado que ha organizado en el estrecho de Ormuz. Ahora son todos unos "cobardes". No podía ser de otro modo. Y, con su don natural para hacer amigos, invita a la Casa Blanca a la primera ministra japonesa para refrotarle por las narices su derecho a dar sorpresas bélicas recordándole con su proverbial tacto el ataque de Pearl Harbor. Yo creo que los politólogos que vieron en este personaje al presidente más pacifista de la Historia norteamericana deberían decir algo ahora sobre sus errados pronósticos en vez de seguir impartiendo, con voz engolada, su cuestionable magisterio. Y es que hay algo que ha quedado nítidamente demostrado: Trump hace política de Defensa como quien juega en un monitor a los marcianitos. Si hoy resulta impensable que China entre en el conflicto iraní, hay un hombre en el mundo que puede conseguirlo. No tiene más que invitar a Xi Jinping a una rueda de prensa en el Despacho Oval. Vuelvo a la ira trumpiana contra un Pedro Sánchez que hoy defiende la legalidad internacional con un entusiasmo que ciertamente no pone en la defensa de la legalidad nacional, que nunca antes de que él llegara se había visto tan vulnerada. En estos últimos días no he podido evitar que me viniera de una manera recurrente a la cabeza el recuerdo de aquella Cumbre Iberoamericana de 2007 en la que Hugo Chávez comenzó a lanzar contra Aznar la insultante y vociferante verborrea que en él era habitual, hasta que a Juan Carlos I se le agotó la paciencia y le soltó el inolvidable "¿Por qué no te callas?" Vaya por delante que uno no podía identificarse con aquel aludido expresidente español al que le dio un día por hablar con acento texano, ni podía ser partidario de aquella guerra de Irak que solo sirvió para empeorarlo todo en Oriente Medio. Como uno tampoco puede estar hoy en el 'no a la guerra' sanchista frente a un régimen como el iraní, que se ha dedicado en los últimos años a perseverar en el empeoramiento de las cosas en esa región del Globo. Pero la del tiempo es una carrera de fondo que genera cierta clase de paradojas. ¿Quién iba a decir que, dos décadas después de aquella accidentada Cumbre celebrada en Santiago de Chile, un presidente norteamericano que supuestamente encarna la antítesis ideológica de Hugo Chávez se iba a ganar a pulso una semejante demanda de silencio?