¿Por qué sigue una guerra que arruina y desangra a ambos?
2026-02-24 - 10:03
Cuatro años después, la guerra de Ucrania parece tan enquistada en el terreno militar como en el diplomático. Ni Vladimir Putin en el frente ni Donald Trump en las salas de reuniones donde el voluble magnate se esfuerza por sacar al dictador ruso del atolladero en el que se ha metido, han sido capaces de imponerse a un pueblo que, a pesar de las enormes dificultades, resiste. Un pueblo que sabe mejor que nadie que está luchando por algo más que unos kilómetros cuadrados de territorio en los que pocos hogares quedan ya en pie. Es su libertad lo que de verdad codicia el dictador ruso, y es por esa libertad por la que han dado sus vidas decenas de miles de ucranianos, militares y civiles. Imagino que a muchos lectores les parecerá sorprendente que los combates en Ucrania hayan llegado hasta el quinto año, más de lo que para Rusia duró la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo es posible que una gran potencia nuclear, con un Ejército numeroso y teóricamente bien equipado, no haya sido capaz de imponerse a un vecino que, ingenuamente, había renunciado a su arsenal atómico a cambio de falsas garantías sobre sus fronteras? Y, si la situación es la que es, si en cuatro años nadie ha podido lograr una ventaja decisiva en el campo de batalla, ¿por qué no conformarse con lo que cada uno ha logrado conquistar o retener? ¿Por qué continúa una guerra que, aunque no en la misma medida, arruina y desangra a ambos contendientes? "Los combates en Ucrania han llegado hasta el quinto año, más de lo que para Rusia duró la Segunda Guerra Mundial" Algunas de estas preguntas pueden contestarse fácilmente desde el nivel táctico. Poco a poco, Ucrania ha sabido llevar los combates al único escenario en el que no era inferior. Sus sistemas de armas, sus reservas de munición, su capacidad de movilización, su economía... en ninguno de estos aspectos estaba a la altura de Rusia. Pero en la guerra de los drones, que es la que hoy decide quien vive y quien muere en el campo de batalla, ambos partían de cero. Y, durante muchos meses, Kiev ha sido capaz de moverse más deprisa. Todavía hoy la carrera tecnológica se mantiene equilibrada, sin que uno u otro contendiente consiga ventajas definitivas. Lo que diría Clausewitz Para responder a las otras preguntas, de mayor importancia a la hora de predecir el futuro del conflicto, es mejor ascender al nivel estratégico. Clausewitz nos explicó que no todas las guerras son iguales. A lo largo de la historia de la humanidad, hemos padecido guerras totales en las que se empleaban todos los recursos de las naciones porque estaba en juego la supervivencia de los pueblos —la Segunda Guerra Mundial es el mejor ejemplo— y guerras limitadas, como las que enfrentaron a España y Gran Bretaña a lo largo de casi todo el siglo XVIII. En estas últimas, la mayor amenaza para ambos bandos era la ruina de la hacienda. Por esa razón, solo se invertían en la contienda recursos proporcionales a los objetivos políticos que en cada momento estaban en juego. Cuando la guerra que creen librar los contendientes es de naturaleza diferente la ventaja militar tiende a desaparecer Como es obvio, cuando la guerra que creen librar los contendientes es de naturaleza diferente la ventaja militar tiende a desaparecer. Ese fue el caso de la guerra de Vietnam, limitada para Washington y existencial para Hanói. Como le ocurrió entonces a los norteamericanos, Putin quiere conseguir una victoria total en Ucrania en una guerra de carácter limitado que neutraliza sus mayores ventajas. La base demográfica de Rusia es mucho más amplia, pero de poco sirve si, para mantener la ficción de la “operación especial”, el dictador no es capaz de movilizarla según sus necesidades. Su arsenal nuclear tampoco es una baza definitiva porque, a pesar de la propaganda desplegada, todo el mundo sabe que la Federación Rusa no está amenazada. En esas condiciones, el propio Xi Jinping, aliado imprescindible para que Moscú no pierda la guerra económica, ha dicho públicamente que por ahí no pasa. Esta asimetría dificulta una salida militar al conflicto y, aunque no sea tan obvio, también arruina los esfuerzos del presidente Trump para forzar un acuerdo de paz. Mal asesorado —pero es culpa suya porque él es quien elige a sus asesores— el magnate cree que a Putin le basta una victoria limitada. No es así. El dictador ruso ve la libertad de Ucrania como un desafío a su poder. Si, de puertas afuera —en los medios rusos no se detecta flexibilidad alguna— Putin parece limitarse a exigir el Donbás es solo para complacer a Trump y porque sabe que Ucrania no lo va a entregar sin lucha. Recuerde el lector que la guerra abierta que estos días cumple cuatro años empezó en realidad en 2014, cuando una mayoría del pueblo ucraniano quiso abandonar la órbita de Moscú para acercarse a la Unión Europea. Mucho me temo que continuará hasta que los ciudadanos que Putin arbitrariamente considera “rebeldes” consigan su libertad —y, si eso ocurre, tendrán imitadores— o tengan que rendirse. El cuento de la lechera Con todo, no hay muchos españoles que hayan leído a Clausewitz, un pensador espeso y difícil de digerir. Por eso, al igual que he hecho en columnas anteriores, prefiero tratar de poner en situación al lector profano empleando una de esas maravillosas herramientas didácticas que son las fábulas. Imaginemos a Vladimir Putin como la lechera del cuento. La invasión de Ucrania en 2022 le iba a dar prestigio personal, poder, territorios nuevos, súbditos adicionales, algo de botín de guerra y, por si todo eso fuera poco, un estatus social preferente en la comunidad internacional. En sus momentos de gozosa anticipación, seguramente él se veía como un nuevo zar, dueño y señor de un imperio renacido gracias a su liderazgo. El tropezón en Kiev ha convertido el sueño en pesadilla, con el agravante de que, al contrario de lo que había hecho la discreta lechera del cuento —que prudentemente se guardaba los sueños para sí— Putin lo había compartido con sus conciudadanos y, sobre todo, con las élites que le sostienen en el poder. Para movilizar a sus compatriotas, el dictador ruso tuvo que conjurar un nacionalismo supremacista que, como suele ocurrirle a los brujos sin experiencia, enseguida se le ha ido de las manos. Lo mismo le ocurrió a nuestro inefable Puigdemont—otro aprendiz de brujo igual de atolondrado que Putin, aunque menos agresivo— hace una década, cuando creó aquella bola de nieve independentista de la que luego no supo bajarse a tiempo. Antes que volverse a su casa y confesar a sus seguidores que se le ha derramado la leche —a Puigdemont le llamaron traidor, pero a Putin podrían hacerle cosas mucho peores— prefiere seguir caminando y fingir que todavía la tiene. Trescientos mil soldados muertos después, poco parece importarle al dictador que esa leche imaginaria se vea sustituida por la sangre real que cada día derraman sus sufridas tropas. ¿Cuánto tiempo va a prolongarse la farsa de la lechera? Hace cuatro años, sin otra inspiración que los precedentes —Vietnam, Afganistán, Irak o Siria— ni más evidencia que la reducida entidad del despliegue ruso —200.000 soldados no eran suficientes para conquistar Ucrania— escribí que transcurriría una década antes de que los contendientes llegaran a admitir que la guerra terminaría en tablas. Unas tablas que, para más inri, no darían demasiada gloria a ninguna de las partes, porque ambas se quedarían muy lejos de sus objetivos bélicos. A lo mejor es obcecación pero, si pudiera volver atrás, mucho me temo que no cambiaría una coma.