Premios Goya 2026: una gala anodina y comprometida
2026-03-01 - 00:33
Mi amigo y confidente Màxim me dice que últimamente no estoy sacando colmillo en los artículos que escribo más rápido. Como este sobre Los Goya de 2026. Estamos tan aturdidos por un mundo donde el malismo es tendencia que intentamos encontrar todo lo bueno. Incluso entre lo anodino. Y no es malo. Al contrario, la empatía la deberíamos ejercer siempre. Pero, también, significa que estamos tan aturdidos que nos conformamos cada vez con menos. Esta misma noche, en esta misma ceremonia de Los Goya, la del 40 aniversario, directamente aplaudimos que no pase apenas nada más que unas actuaciones musicales, un guion de tópicos pegados, sin apenas presencia de los presentadores, que termina dejando toda la suerte del show a los discursos de los premiados. Que sean buenos. Y ya estaría. Y, como no tenemos demasiada memoria rodeados de instantáneos Tiktoks gritones y selfies de egos excitados, no recordamos aquellas ceremonias sublimes con un guion que cuidaba un arco narrativo. Con su humor, con su fantasía, con su emoción. Lo que vienen a ser todos los requisitos del cine. Así se conseguía convertir un maratón de premios en un programa de televisión. Porque la fusión de la tele y las películas proponía un viaje que nos iba llevando por la corrosión, el giro inesperado, la sensibilidad y hasta había ¡un desenlace!. O, al menos, se intentaba. Como consecuencia, en 2010, Buenafuente acabó disparado, como remate final a sus Goya. También había monólogos de comedia que mordían al gobierno en el cargo y al propio cine. Por eso, seguimos recordando las galas de Rosa María Sardá, Andreu Buenafuente o Eva Hache... Se hablaba de cómo somos a través de un relato televisivo que quería ir hacia algún lugar. Aunque saliera regular. Esta noche, la papeleta se ha salvado por el ritmo. Mucho ritmo. Pero poco del guion quedará del recuerdo. Incluso el inicio de los presentadores, Rigoberta Bandini y Luis Tosar, ha empeorado el himno Hoy puede ser un gran día. No parecía unos Goya. Tampoco una gala de José Luis Moreno, que fijo hubiera contado con más alegría en escena. Al menos. Luego empezaron las presentaciones pero como no son presentadores al uso se debía haber jugado mejor a sus personalidades. Ella intérprete musical. Él intérprete actoral. Por suerte, más tarde, Bad Gyal versionó la Rumba de Barcelona. Y la cosa fue más icónica. La mezcla de los barrios llenando el escenario del glamour de las plazoletas, calles e incluso glorietas. Ese glamour que no necesita alfombras rojas ni pases VIPS. Pero no deja de bailar. El otro momento estelar de la noche, que dice tanto del momento en el que estamos, es el premio reclamo a Susan Sarandon. Una noche que debe ser divulgativa desde el atractivo de la celebración de nuestra cultura cinematografía tira del cebo de arrodillarse ante Hollywood para intentar tener una estrella de postín en la gala. Bonito homenaje, en el fondo, a Berlanga y su Bienvenido Mr. Marshall. Dependemos de los yanquis hasta para cebar nuestro cine. Aunque ella misma no se acordó que la premiaban como actriz y aprovechó para confirmar que se siente sola en el Estados Unidos de Trump. Emocionó cuando reivindicó la esperanza como arma ante el odio. Otro instante álgido fue el goya de honor a Gonzalo Suárez. A sus 91 años, las avaricias del ego importan poco. La vida gana. "El cine ha sobrevivido a las redes y a las cavernas. Tengo que reconocer que en estos momentos el bisonte soy soy". La frase de una noche de agradecimientos comprometidos contra la sinrazón de todos los tipos de violencia. La conciencia crítica de las historias que hacen la cultura nos sobrevivirán. Aunque, a mi, sobre todo la vista se me humedeció cuando en el In memoriam apareció rápido, muy rápido, en pantalla otra persona que desde hace años sentí una cómplice, Vero, Verónica Echegui. Su curiosidad de juventud eterna siempre la entendí como sinónimo del futuro. Al contemplarla en un cielo de estrellas que no estrellado, las lágrimas me llegaron hasta el colmillo. Màxim, no lo puedo remediar. Demasiados recuerdos, tal vez. Y somos la memoria que tenemos y nos permite comparar. Nos permite echar de menos, nos permite conocer la profundidad de la sensación de ilusionarse. Nos permite seguir creyendo en el cine como refugio antibombas en los domingos y en el resto de días de nuestra vida.