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"Prohibido quejarse"

2026-03-11 - 10:23

“Prohibido quejarse” se convirtió en una de las normas fundamentales de convivencia impuestas por los supervivientes del accidente aéreo de los Andes en 1972 (vuelo 571), según relataron los propios testigos. Se trataba de evitar el consumo de energía mental y física en pensamientos negativos. Quejarse suponía arruinar el ánimo del grupo e incrementar el miedo en un entorno límite donde lo que se necesitaba era fortalecer el coraje y la valentía. Hoy día vivimos instalados en una “cultura de la queja” algo justificada, o no. Los ataques de Estados Unidos e Israel a Irán, la respuesta de Irán con sus respectivos contraataques y los acontecimientos que sacuden a la población mundial, están desatando una alarma y una queja colectiva que bien puede definirse como un profundo miedo a vivir. Se suele decir que el miedo es libre, que es una emoción que no se puede controlar ni evitar, pero en la larga lista de miedos no solo está el miedo a la guerra, sino las consecuencias de esa situación: miedo al panorama energético, económico, psicológico, militar, de abastecimiento, a viajar, etc. Aunque la guerra se encuentre a miles de kilómetros, el miedo es tan pérfido que se instala aquí, en nuestro cuerpo. El cerebro no distingue entre amenaza directa y una amenaza constante con una exposición continua llena de discursos alarmistas que afectan a nuestra salud mental. El flujo de información acciona el sistema nervioso como si el peligro fuese real. Además, una encuesta de noviembre de 2025 del CIS concluye que un 76,8% de los españoles reconoce que su principal miedo es vivir una guerra. Y un 57% de los encuestados cree que esa guerra podría darse contra Rusia, el 42,2% contra Marruecos y el 30,4% contra Estados Unidos. Las bombas no caen solo en las zonas de conflicto, también caen en nuestros cerebros impulsadas por los proyectiles verbales que escupen los impresentables líderes políticos a los que no les preocupa demasiado nuestra vida ni nuestro bien común, sino solo sus particulares intereses políticos y económicos. Gestionan el conflicto sin gestionar a su vez el clima emocional y el miedo que se deriva de él. Vivimos sumergidos en un mar de dudas y desconciertos, y el desafío por nuestra parte consiste en sobreponerse y aprender a convivir con la incertidumbre, recordando que la seguridad absoluta nunca ha existido. Quizá lo único que podemos hacer nosotros para reducir nuestra inquietud y nuestro miedo, sin necesidad de esperar a que nos rescaten nuestros lamentables líderes, es poner pie en pared y limitar el consumo de información, principalmente de aquellas noticias y opiniones alarmistas y agresivas. De la misma manera que somos lo que comemos, también somos lo que leemos y vemos en internet, prensa, radio, televisión... Luego están las redes sociales que amplifican como nadie la ansiedad informativa y las opiniones. Los algoritmos priorizan lo que genera emoción intensa, y el miedo es una emoción muy potente. La burbuja informativa que se crea produce un peligro constante, pero el problema principal no es la información, la “buena” información, sino la exposición compulsiva a una sobredosis sin filtro ni descanso en la que el receptor se expone solo a noticias que confirman sus creencias y opiniones, sin contrastar ni reflexionar criterios.

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