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Restaurante Casa Mikva: tres culturas sentadas a la mesa en un edificio histórico frente a Santa María la Blanca

2026-01-28 - 09:10

En pleno corazón de Sevilla, frente a la iglesia de Santa María la Blanca, un edificio histórico vuelve a latir con un nuevo pulso gastronómico. Casa Mikva es más que la apertura de un nuevo restaurante en Sevilla, es el resultado de dos años de rehabilitación paciente y de una mirada respetuosa hacia un espacio cargado de historia. Bajo sus piedras —en un sótano de bóvedas, arcos y lucernarias originales— se sitúa una antigua 'mikva' de la judería sevillana, los baños rituales de purificación vinculados a la sinagoga. Un espacio que se construyó sobre antiguos baños árabes. Ese pasado, aún no catalogado oficialmente pero presente en cada detalle, es el punto de partida de un proyecto que entiende la gastronomía como una forma de contar la ciudad. El  restaurante  ocupa el edificio completo y articula su propuesta en torno a las tres culturas que dieron forma a Sevilla: la sefardí, la cristiana y la árabe. Una idea que no se queda en el discurso, sino que se materializa tanto en el espacio como en la cocina. Al frente de los fogones están Alfonso Benigno y Emilio Romero —procedentes del desaparecido Alcuza , que cerraba sus puertas en diciembre del pasado año— junto a Hani Ouatfeh Ramírez, como socio y gerente del proyecto, y otros inversores. Tal y como explica Hani, se han involucrado «de una manera muy romántica», queriendo «cuidar del barrio y el patrimonio histórico». Esta pasión les ha llevado a crear un «restaurante pasional que une las tres culturas que forman parte de la historia de Sevilla« para »honrar la memoria histórica y gastronómica de la ciudad«. Durante más de un año de pruebas , han afinado una carta cargada de opciones y coherente con el proyecto, pensada para dialogar con el lugar que la alberga. Desde el patio central cubierto por una montera de cristal hasta el comedor principal de la planta superior, todo en Casa Mikva responde a una misma intención: que el edificio y la cocina hablen el mismo idioma. Un idioma hecho de herencia, mestizaje y respeto por la memoria gastronómica de Sevilla, ahora reinterpretada desde la mesa. La propuesta gastronómica de Casa Mikva se mueve entre el recetario mediterráneo, las raíces sefardíes y guiños a la cocina árabe, con una carta pensada para compartir y para adaptarse a distintos momentos del día. El formato combina tapas, platos completos y elaboraciones de cuchara, con especial atención a los guisos, los arroces y las verduras. Para abrir boca se puede empezar con unas 'minitapas' de aperitivo, donde encontramos aceitunas, almendras tostadas, tomates cherries marinados, zanahorias sefardíes o remolacha bereber con 'almou' -una crema dulce típica de Marruecos, de almendras molidas aceite de argán y miel-. Entre los entrantes aparecen referencias en formato tapa, media o ración, como la ensaladilla «de la tía Carmela», croquetas de jamón ibérico, salmorejo o platos tradicionales sevillanos como las espinacas con garbanzos. La presencia sefardí y árabe se reconoce en propuestas como el hummus árabe y sefardí —con hummus, baba ganoush, labneh y pita—, el tabulé o la ensalada de flor sefardí con garbanzos, labneh de calabacín y granada, entre otras muchas propuestas. Cuentan con un apartado de arroces y guisos pensados para compartir, como el arroz de marisco, el arroz de rabo de toro «Memé style», el puchero Mikva o las lentejas sefardíes con codorniz, que refuerzan la idea de cocina reposada y de fondo tradicional. Los pescados y carnes completan la propuesta con elaboraciones como el solomillo de atún rojo con salsa al whisky, bacalao con almejas y guisantes, lubina al azafrán, pollo a la naranja sevillana, berenjena sefardí con cordero, jarrete de cordero shawarma con cuscús y labneh trufado o pluma ibérica con mayonesa de harissa. También cuentan con un apartado vegetal con opciones como el gratén de puerros con bechamel, shakshuka con ratatouille de verduras y huevo o coliflor crujiente con crema. Una carta nutrida y bien estructurada, donde cada plato encaja dentro del relato global del proyecto. El recorrido por Casa Mikva se cierra con una propuesta de postres que mantiene el hilo conductor del concepto: respeto a la tradición, guiños culturales y memoria gastronómica. Entre los dulces, aparece el tocino a los Tres Cielos con helado de Inés Rosales, una reinterpretación delicada de un clásico andaluz, o la tarta de manzana al horno con toffee y nueces pecanas, servida con helado artesano. También hay espacio para propuestas más golosas como el pionono de nocilla con helado de avellana y crema de cacao, que conecta con una memoria más contemporánea. Casa Mikva amplía su propuesta gastronómica por las mañanas con un servicio de desayunos y brunch que mantiene la coherencia estética y culinaria del restaurante. Aquí conviven opciones clásicas con otras de marcado carácter mediterráneo y oriental. La carta de brunch incluye desde croissants y bizcochos caseros hasta tostadas elaboradas, como la de aguacate y manzana ácida, la de portobello, tartufata y mozzarella, la de salmón ahumado en casa con tomate cherry y feta, o la de pastrami con stracciatella y melocotón asado. También hay espacio para p latos más completos, como los huevos Mikva en pan brioche con crema de espinacas y holandesa, la shakshuka o los huevos revueltos con setas y queso. El apartado dulce se completa con tostadas francesas, tortitas con sirope y fruta de temporada, bowls de açaí, yogur con miel o avena cremosa, junto a una oferta de café de especialidad de Ineffable , tés, matcha y zumos naturales. Un brunch que no funciona como añadido, sino como una extensión natural del proyecto. El espacio es uno de los grandes protagonistas de Casa Mikva. El restaurante ocupa todo el edificio, con una capacidad para hasta 130 comensales, y se articula en varias plantas que invitan a un recorrido pausado. En la planta inferior se encuentra el patio central, cubierto por una espectacular montera de cristal que inunda de luz el interior, junto a un salón adicional con zona de barra. Desde allí, unas escaleras conducen al nivel más singular del edificio: el sótano donde se sitúan las antiguas mikvas, con techos abovedados, piedra vista y lucernarios, una atmósfera que remite directamente a los baños rituales judíos y que se conserva como uno de los espacios más evocadores del conjunto. En la planta superior se ubica el comedor principal, con mesas de mármol negro, vajilla de La Cartuja, techos de cuarterones de madera y paredes de ladrillo visto con mortero. Como columna vertebral del espacio, una gran pintura mural ocupa el hueco del ascensor: un árbol mediterráneo con tres pájaros que simbolizan la convivencia de las tres culturas que inspiran el proyecto. La última planta alberga un salón privado, aún no abierto al público, con vistas a la iglesia de Santa María la Blanca y al palacio de Altamira. Un cierre vertical que refuerza la idea de Casa Mikva como un espacio donde arquitectura, historia y cocina avanzan al mismo ritmo. Y para coronar el edificio, una terraza alrededor de la cúpula, en la que de momento solo sirven bebidas, pero pretenden ampliar el servicio con una carta de tapas. Un cierre vertical que refuerza la idea de Casa Mikva como un espacio donde arquitectura, historia y cocina avanzan al mismo ritmo.

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