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Rita Hayworth y 'Gilda': 80 años del striptease más glamuroso de la historia del cine

2026-03-14 - 08:03

En la segunda mitad de la década de los 40, una bomba sexual procedente de Hollywood sacudió los cines de medio mundo, Rita Hayworth en Gilda. Una metáfora que puede parecer tópica y exagerada pero que, por una vez, prácticamente se hizo realidad con la bomba atómica bautizada como Gilda y adornada con una fotografía de la actriz que los norteamericanos lanzaron el 1 de julio de 1945 en una de sus pruebas en el atolón de Bikini. Pero, a pesar de las palabras de un entusiasta general justificando que el artefacto "era tan explosivo como la actriz", a Hayworth no le gustó nada la ocurrencia. Mucho se ha hablado y escrito sobre el hito que supuso el striptease que interpretó. Rita (o Gilda), con un ajustado vestido negro de noche hombros al aire y apertura delantera, contoneándose y desmelenándose al son de Put the Blame on Mame, y en el que tan solo desprendiéndose de su largo guante derecho (y es que para el vestido, Gilda no era muy ducha con las cremalleras) logró un efecto y una notoriedad que ni la gran mayoría siquiera se acercarían quitándose toda la ropa. La escena se guardaba además para el tramo final, por aquello de ir alimentando el deseo. Tampoco los espectadores de la época sospecharon ni por asomo que la actriz llevaba debajo un corsé para moldear adecuadamente su figura porque acababa de tener su primera hija, Rebecca Wells, fruto de su tumultuoso matrimonio con Orson Welles que bien hubiera dado para el argumento de otra película. La pareja se divorciaría en 1947. En cuanto al resto de la trama, los guionistas, en una historia de E.A. Ellington adaptada por Jo Eisienger y Marion Parsonnet, ensartaron las adicciones al juego con fidelidades traicionadas y amores devastadores con una oscura maraña sobre patentes que desafiaban las leyes antimonopolio. En este cóctel de melodrama y cine negro, tan en boga aquellos años, el triángulo amoroso implicaba a un ambicioso, solitario y atormentado jugador (Glenn Ford), el ricachón dueño de un garito de lujo dedicado al juego (George Macready) y naturalmente a la femme fatal, que no lo era tanto, de Hayworth. Un guion que tampoco se molestó demasiado en esconder que en parte se había inspirado en Casablanca, cambiando el Rick’s Café de la populosa ciudad marroquí por un casino en Buenos Aires. Incluso en un primer momento se intentó contratar a Humphrey Bogart para el papel de Ford, una oferta que este declinó al considerar, con buen ojo, que la sería Hayworth quien se llevaría toda la atención. Con el mítico y oscarizado filme de Michael Curtiz también llegó a coincidir en que el guion no estaba terminado y se iban entregando páginas en cada día de rodaje. Tras las cámaras, orquestándolo todo, Charles Vidor se decantó por una puesta en escena funcional, pero que acertó estando de lo más hábil en las escenas principales, la de presentación del personaje de Gilda, el famosísimo striptease y otro momento icónico, el del bofetón que le propina el personaje de Glenn Ford a Gilda, al que el bueno de Ford era reacio a pegar demasiado fuerte. Una escena machista que hoy no pasaría el filtro de lo políticamente correcto pero, para contrarrestar, la película también contenía una escena previa en la que Gilda abofeteaba dos veces al galán. Sin embargo, esta no trascendió. Gilda: "pecado mortal" Nunca está de más recordar que el nombre real de Rita Hayworth era María Carmen Cansino, nacida en Nueva York, pero de padre sevillano, el bailarín y actor Eduardo Cansino, y cuya madre era una bailarina de vodevil estadounidense de apellido anglosajón, Volga Hayworth, el que se usó para lanzarla en su carrera como actriz. En cuanto a Gilda, el estreno en Estados Unidos fue el 14 de marzo de 1946 y resultó ser un taquillazo mayúsculo, aunque en muchos países luego llegó censurado o con años de retraso. En la España franquista de la posguerra se estrenó y además, contra todo pronóstico, sin cortes. Primero en Madrid el 2 de diciembre de 1947, posteriormente en otras ciudades. No faltaron las largas colas ni las protestas. En la misma primicia en el Palacio de la Música de Madrid, las crónicas recogen que un grupo de personas arrojó un cubo de tinta negra a la pantalla, pero la advertencia más severa llegó desde la Iglesia El Obispo de Canarias, el Reverendísimo Sr. Antonio de Pilsain y Zapiáin, conminó a los fieles para que no fueran a verla calificándola de "gravemente escandalosa" y amenazando prácticamente con la excomulgación. En su pastoral comunicado, escribió que "velando por atajar el gravísimo mal espiritual que amenaza a muchas almas de nuestros ciudadanos, y en cumplimiento de uno de los más sagrados deberes de nuestro cargo pastoral, prohibimos la dicha película “Gilda” y os amonestamos, amadísimos hijos, haciendo saber a los empresarios que no la pueden exhibir, y a los fieles que no podrán presenciarla sin gravar su conciencia con pecado mortal. Si alguno hubiera que se mostrara rebelde, sepan que habrán de dar cuenta de su conducta ante el Tribunal de Dios". Gilda: "verde, salada y un poco picante" Mientras el infierno se aseguraba su buena provisión de almas pecadoras, los productores hicieron un negocio redondo, y el cine seguía demostrando su ilimitado poder de seducción. No fueron pocos los que pensaron que ante tal revuelo, y acostumbrados a la censura, la susodicha escena del striptease les había llegado cortada y que debía existir la versión que nos mostraba a la Hayworth tal como llegó al mundo. Un papel que, en definitiva, también marcaría a la actriz para siempre, lo que dio lugar a la famosa frase de Hayworth de que "los hombres se acuestan con Gilda pero se levantan conmigo". A cambio, fue su moneda para entrar de lleno en el Olimpo de las diosas del cine. En fin, que "nunca hubo una mujer como Gilda", como rezaba su frase promocional, y a sus logros cinematográficos capaces de fascinar aún a cinéfilos, mitómanos y espectadores de cualquier orientación sexual, cabe añadirle también los gastronómicos. En el bar donostiarra Casa Vallés se fraguó la creación de un pincho que se convertiría también en mítico, mezclando piparras, aceitunas y anchoas. La fusión bautizada con el nombre de "Gilda", por ser “verde, salado y un poco picante”, como su protagonista, fue otro triunfo, una sensación. Un pincho que ha perdurado en el tiempo y todavía lo conocemos por este nombre.

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