Robert Duvall, eterno 'consigliere': así convirtió a Tom Hagen en el mejor personaje de 'El padrino'
2026-02-17 - 15:33
Sonny se presentó un día en casa junto a un chico de mal aspecto, asegurando que era pobre y que sufría el maltrato de su padre alcohólico. Este chico era su amigo, Tom Hagen. El padre de Sonny se apiadó de él y le acogió en casa. Nunca le adoptó oficialmente, sin embargo. Nunca fue un Corleone aunque los Corleone, desde luego, siempre fueron su familia. En la vida real Robert Duvall tampoco habría llegado a pertenecer a la familia (cinematográfica) de Francis Ford Coppola de no ser por James Caan. Caan era su colega, se conocían desde los años 60. Duvall estaba intentando hacerse un hueco como actor en Nueva York y compartía piso con Dustin Hoffman. En ocasiones tenía que viajar a California a presentarse a cástings decisivos y hacer pequeñas películas. Caan vivía en Los Ángeles y podía acogerle en casa, así que una cosa llevó a la otra y en 1968 protagonizaron su primera película juntos. Fue Cuenta atrás, dirigida por Robert Altman (aunque Altman fue despedido en pleno rodaje; todavía no era un intocable del Nuevo Hollywood). Cuenta atrás era un thriller espacial. Caan encarnaba a un astronauta intrépido, y Hagen supervisaba sus avances desde la Tierra. Caan y Hagen ya eran grandes amigos entonces. Así que un año después, cuando Rip Torn se cayó del proyecto y Coppola le preguntó a Caan si conocía a algún posible sustituto, Jimmy no dudó: dejó caer el nombre de su amigo. Duvall pasó a interpretar a Gordon en Llueve sobre mi corazón, cerrando el triángulo que integraban Caan y Shirley Knight. Coppola ganó la Concha de Oro en San Sebastián y fue considerado desde entonces un cineasta de prestigio. Una vez cayó en sus manos la novela de Mario Puzo, Coppola comprendió que ya conocía a Tom Hagen y a Sonny Corleone. Ambos papeles fueron confirmados en pack. Y, fuera de El padrino, Caan y Duvall hicieron luego alguna otra cosa juntos: en Los aristócratas del crimen de Sam Peckinpah (1975) interpretaban de hecho a compañeros de piso volviendo a rimar con la vida real, aunque en este caso no trabajaban como actores sino como asesinos a sueldo de la CIA. Su amistad fraternal ya se había convertido en historia del cine por entonces. En El padrino no compartían mucho tiempo juntos en pantalla debido al alcance coral del argumento (además Sonny, como todos sabemos, iba a morir de forma prematura), pero el guion de Puzo y Coppola era tan extraordinario como para que cada mínima interacción de ambos evidenciara toda una vida juntos. Los arrebatos de Sonny, cuestionando la valía de Hagen como consigliere (por ser irlandés y no siciliano) daban paso enseguida a una disculpa. Hagen no se inmutaba. Siempre había sabido cuál era su lugar. La (aterradora) importancia de llamarse Tom Hagen Quizá sea un poco arriesgado aseverar que Tom Hagen es el mejor personaje de la trilogía de El padrino. Porque, al fin y al cabo, no apareció en El padrino III (Duvall se negó a volver a menos que redujeran su diferencia de sueldo con Al Pacino), y porque estas películas están desbordadas por personajes trágicos y shakesperianos. Y Tom Hagen no es eso. No es trágico ni shakesperiano. Es un individuo básicamente gris. Incluso podría pensarse que su rol en El padrino y El padrino: Parte II es tirando a instrumental. Hagen es utilizado por el guion primero para representar el poder maléfico de la familia Corleone en los minutos iniciales del film (al ser él quien resuelve el conflicto de Johnny Fontane en Hollywood recurriendo a la icónica cabeza de caballo), y luego como testigo, junto a Kay, de cómo Michael va sucumbiendo a la maldad. De la misma forma que Hagen sufre los insultos de Sonny en El padrino, lo mismo le ocurre en El padrino: Parte II con Michael. “¿Por qué me insultas?”, le espeta Hagen dolido cuando Michael hace una referencia gratuita a la amante con la que está engañando a su esposa. Y Michael, al contrario que Sonny, no se disculpa de inmediato. Se queda en silencio, con la mirada cabizbaja, y Tom se aleja. Reaparecerá más tarde en un flashback donde volveremos a verle al lado de su amigo Caan, cuando Vito Corleone seguía vivo y el único que mostraba su apoyo a Michael en su voluntad por alejarse de lo que su familia esperaba de él era el pobre Fredo. El mismo que Michael ha mandado asesinar. Con la connivencia de Tom. Tom Hagen es un personaje gris. Es la mirada ausente del empleado, de la persona que en un juicio contra la banalidad del mal solo podría defenderse diciendo que “cumplía órdenes”. Al mismo tiempo, y volviendo a El padrino II, también es alguien capaz de, durante una misma conversación, mostrar su cariño por un hombre caído al mismo tiempo que le recomienda que lo más digno es que se suicide. Seguramente esa escena en la cárcel con Frank Pentangeli sea la que le debería haber dado el primer Oscar a Duvall. Sin embargo, a diferencia del primer Padrino, en esta ocasión no había sido ni nominado. Así que le bastó con confirmar que Tom Hagen era el alma (o la huella de su ausencia) de El padrino. Esa conversación constataba en quién se había convertido aquel chiquillo recogido de las calles neoyorquinas. Sí, en un cerebro frío y calculador al servicio de una empresa monstruosa, encantador a la par que inquietante. También alguien capaz de mostrar empatía, de guiarse prudentemente por sus sentimientos. Tom Hagen fue acogido en la familia Corleone sin nunca poder compartir el apellido. Su padre era Vito, sus hermanos eran Michael, Fredo, Connie y Sonny (sobre todo Sonny), y sin embargo este vínculo irrompible nunca fue suficiente para pertenecer. Cuando Hagen estudió Derecho por sugerencia de Vito y se convirtió en consigliere, fue visto como una excentricidad en la tradición mafiosa. Incluso como la prueba de que los Corleone le estaban dando la espalda a sus raíces. Este desarraigo en pos de la modernidad capitalista (o cómo el relato familiar choca con la hipocresía del sueño americano) es naturalmente el corazón discursivo de la historia de Puzo y Coppola. Y esto lo representa tanto Michael (símbolo de contradicción y podredumbre) como Tom. Frente al detallado declive de Michael, Tom se mantiene en su sitio. Porque es el músculo que más le conviene al poder. Un individuo alienado (toda vez que leal y sereno), al que nunca se le ha permitido sentir del todo una pertenencia que no sea el negocio. “No es personal, solo negocios” es la frase que más se dice en las películas, y normalmente es mentira. Salvo cuando tiene que ver con Tom. A Tom no le han permitido conocer otra cosa que los negocios y, gracias a su desarraigo, es la figura ideal para salvaguardar el orden del entorno Corleone. Duvall realizó una interpretación prodigiosa y llena de matices de una carcasa vacía. Traslució con extrema sutileza sus breves dudas. Sus pequeños desgarros, cada vez que un Corleone le recordaba que no era “uno de los nuestros” y se irritaba y se sentía dolido pese a todo. Como cuando Michael, en los tramos finales del primer Padrino, le apartaba momentáneamente de su puesto con vistas a aparentar una “vuelta al orden” con la que pillar por sorpresa más tarde a sus enemigos. Mucho más chapados a la antigua, condenados a extinguirse. Tom Hagen era el arma secreta de los Corleone. El personaje que había abrazado su cinismo medular, que había cubierto cualquier emoción con una coraza de eficiencia y cifras. El personaje que nunca estallaría, que se marcharía sin más ceremonias del escenario. Exactamente lo que hizo. Es cierto, a Shakespeare jamás se le habría ocurrido un personaje tan esforzadamente inhumano como Tom Hagen. Pero desde luego le habría encantado trabajar con Robert Duvall.