Rodrigo Cuevas: «Por vivir en una aldea no escapas del precio del gasoil ni de la polarización»
2026-03-27 - 08:30
Con un estatus que ya linda con el estrellato, Rodrigo Cuevas sigue viviendo en Vegarrionda, una pequeña aldea del municipio asturiano de Piloña con menos de veinte habitantes. Pero él desromantiza: «Allí también llegan las malas noticias. De hecho tuve que abstraerme mucho para poder hacer este disco desde un punto alegre, positivo y utópico». Sólo así se entiende que haya sido capaz de crear un 'Manual de Belleza' , un álbum coproducido con Eduardo Cabra y grabado entre Puerto Rico, Madrid y Asturias con el que completa la trilogía iniciada con 'Manual de Cortejo' (2019) y 'Manual de Romería' (2023). —¿Por dónde empezaron a asomar las musas que inspiran este nuevo manual? —Creo que empecé por 'Un mundo feliz' y 'El Xardinero', pero ha sido un disco un poco raro porque normalmente acabo la gira, me tomo mi tiempo, leo mucho, tengo muchos 'inputs', y a partir de ahí me pongo a escribir. Pero este fue como «venga tengo mes en medio de la gira, me voy a Puerto Rico y me pongo a grabar, lo que salga». Me fui casi sin trabajo hecho, pero es como que todas esas ideas las tenía por ahí en mi cabeza, esperando a salir. —¿El tercer disco se hace con más tranquilidad que el segundo? En el mundillo aún sigue vigente ese dicho del «temido segundo disco»... —Sí, es verdad. El segundo lo hice con mucho más miedo que este, que ha sido más relajado. Aunque en realidad es el cuarto, si contamos el que tengo descatalogado de 2012, 'Yo soy la maga'. Algún día lo reeditaré. —En 'Un mundo feliz' colabora Massiel, que imagino es un referente más allá de lo artístico. —Claro, vital. Es un referente de personaje, de trayectoria. Es una de esas personas de las que aprendes tanto... Porque todo lo que te cuenta es historia de España. Estar a su lado es maravilloso, tiene una conversación muy interesante todo el rato. Sabe mucho de muchas cosas, su hermano manager, su padre manager... Ella siempre ha estado metidísima en la industria y sabe cómo funcionan las cosas. Ya ha superado su cáncer de pulmón, y como tiene ese humor, que te suelta barbaridades todo el rato, te meas de risa. —¿Algún hito de su carrera que sea muy icónico para usted? —Cuando volvió de Eurovisión y no quiso que la recibiera Franco, ese es un momento potente. Para ella y para todos. Fue un ejemplo en ese momento, en el '68, cuando el franquismo agonizaba pero todavía no tanto. —En 'Sácame a bailar' canta con Ana Belén, que imagino es un poco lo mismo. —Sí, es otro referente no solo en lo artístico, también de elegancia. Es una tía que sabe estar, como María Dolores Pradera, esa gente de presencia, de haber pasado por tantas cosas, gente intachable. —Su pasión por la arqueología musical se evidencia en canciones como 'La hermana cautiva', una tonada antiquísima. —Es un romance tradicional medieval, que aprendí de una señora que se llamaba Concha de Tresmonte, que ya falleció hace años. Es un romance que está muy extendido por toda la península. Cuando le dije a Eduardo Cabra que quería meterlo, no lo veía. Porque los romances son muy difíciles de llevar al pop al no tener estribillo y ser una melodía repetida constantemente, no es formato canción. Edu no lo veía, y yo le decía, «venga, lo hacemos en reguetón tres por cuatro» (risas). —¿A qué fuentes sueñe acudir para dar con hallazgos como ese? —De todo. Vecinos y vecinas de los que memoricé mucha música tradicional, YouTube, cancioneros de recopiladores como Saga, García Matos, Alan Lomax, Joaquín Díaz... —En la canción 'La Playa' hace una crítica al turismo salvaje. —Es algo que tenemos muy presente en Asturias, porque siempre habíamos alardeado de estar al margen del salvajismo especulatorio. Tenemos una ley de costas desde hace muchos años, y aunque ya se ven barbaridades, no tiene nada que ver con lo que ocurre en Levante. La gente se cree que en Asturias está todo virgen, y no lo está. Sí es verdad que comparado con otros sitios, está muy bien. Pero ahora tenemos un turismo masivo, al que se llama desde las propias administraciones. Y es como, «señores, dejad de hacer esto, que se está yendo las manos». Eso conlleva molestias, destrucciones de paisaje, encarecimiento, gentrificación... —¿Hay algún lugar que siempre había sido como un sitio ideal para usted, que se haya estropeado por esto? —Sí, muchísimos. Por ejemplo la playa de Torimbia, que era el santuario nudista por excelencia, como la catedral del nudismo en la costa norte de España. Era un lugar al que solo se podía llegar caminando, un espacio muy bonito en el que yo viví veranos enteros, durmiendo en la playa aunque estuviera prohibido. Se generaba una pequeña comunidad de gente, y ahora está lleno de textiles horteras. Es como «¡chico, desnúdate! ¿Por qué estás vestido y haciendo ruido?» Es que los textiles son muy alborotadores. —¿Cómo van a ser los conciertos de la gira 'Manual de Belleza', que empieza el 24 de abril en Avilés? —Aún estoy en ello, porque hay cosas del disco que son muy difíciles de trasladar al directo. La puesta en escena va a ser muy chula, va a estar inspirada en los hórreos, que son muy típicos del paisaje asturiano, con el maíz colgado secándose. Cuando eran niño siempre estaban llenos, y ahora eso ya casi no se ve. Recogimos cuatro toneladas de maíz y las 'desfollamos' a mano y las 'enriestramos'. Va a ser como un cabaret, al que he llamado 'La Panoya Dorada', en el que parte del público estará sentada en el escenario en sus mesas. —¿Cómo ve el momento actual de la resignificación del folclore dentro del pop? ¿No empieza a ser un poco tendencia, fórmula? —Pues sí, creo que se incorporó al pop, que era lo que queríamos. Que contagiara más y así pervivieran sus formas, sus letras y sus melodías. Pero es verdad, porque es lo que pasa con el pop, que es un poco superficial, y al final perdimos la profundidad del folclore en sí mismo. Por otro lado, el folclore ha salido reforzado de todo esto, y hay más gente que lo baila, que lo toca y que lo practica. Eso es lo importante, que esté vivo. Pero es verdad, ahora todo el mundo hace folclore. ¡Todo el mundo! —¿Cómo se vive la deriva que está tomando el mundo desde una aldea en el monte? —Como en todos lados, con la misma preocupación, porque no estamos a salvo. La gente dice «pues yo cualquier día me voy a vivir al monte...», como si allí pudieras escapar. Pero allí no te escapas ni del precio del gasoil, ni de la polarización, ni de nada. Y cada vez menos.