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Rosa María Sardá: lo que seguimos aprendiendo de sus inolvidables galas de los Goya

2026-02-28 - 07:23

Los Goya cumplen 40 años. En todo este tiempo, Los Oscar españoles han crecido en precisión televisiva. Más medios técnicos, más experiencia. Aunque todavía persevera en el recuerdo social la primera ceremonia que condujo Rosa María Sardá. Con su irónico carácter, que daba un especial ímpetu al guion. Con su comedia lúcida, más profunda de lo que parecía a simple vista. De hecho, si realizan el ejercicio de ponerse del tirón Los Goya de 1994 observarán que no ha envejecido la corrosión de Sardá. Sus monólogos continúan funcionando hoy. Tal vez porque hablan de cómo fuimos y, a la vez, avanzan cómo hemos terminado siendo. Nada más iniciarse aquella octava edición de los Goya a Rosa María Sardá se le cayó encima la tela de una pantalla de cine en la que se habían proyectado escenas de las pelis del año. “Alguien ha tirado la toalla antes de tiempo”, bromeó al contemplar la sábana blanca esparcida por el suelo. En el tropezón, también cayó de sus manos el extenso guion de la entrega de premios. Quedó desparramado y desordenado por el escenario: “Cuatro años han estado los guionistas preparando el guion. Era una monada... Por esa puerta, entraban cientos de romanos... Y todo por una grapa. ¡Todo por no grapar el guion! La academia no tiene grapadora. No nos queda más remedio de hacerlo más íntimo". La solemnidad de la gala se derribaba desde el comienzo. Y, detrás de la pantalla caída, había aparecido la trastienda de un estudio de cine. El decorado de la gala era la parte de atrás del decorado de un plató. La parte fea, vamos. El cine español quería explicarse desde el prime time de TVE con Rosa María Sardá entrenando la sátira sobre lo que pensamos que son nuestros defectos y, habitualmente, son las anécdotas que nos hacen únicos. Una comicidad, la de la Sardà, que echaba raíces en la sensibilidad de las emociones que nos unen: “Son 39 películas. Cuántos besos, cuántas historias, cuántas posguerras. Una cada año, por lo menos”. Las risas rompían el silencio del auditorio. Todo el rato: “En esta preciosa autopista del cine te encuentras a Resines, a Maribel Verdú, a Victoria Abril, a Imanol Arias y, más adelante, a Resines, también. Y a Maribel Verdú, y a Imanol Arias... y Resines. Estoy muy emocionada de presentar esta gala, porque yo desde siempre os he admirado. Muchísimo, ya desde pequeña os admiraba a todos. A los dos años, yo admiraba a Maribel Verdú”. Rosa María se iba a convertir en una presentadora casi omnipresente. Y, paradójicamente, todo parecía más fluido. Porque, cuando la cosa se atascaba, ella salía con una pullita cómplice lista para dinamizar a entregadores o ganadores. “¿Sigue siendo de noche en la calle?”. Lo que generaba un clima de quitar hierro. Muy necesario en una entrega de premios en la que se infla la intensidad entre tanto repetitivo agradecimiento a simpáticas mamás y tanta sobredosis de egos. Rosa María daba la vuelta a los cinismos y otras finuras de la excitación del glamour. “Sí, estoy fumando, qué pasa. Es que cuando me pongo nerviosa fumo. Y más cuando llega el gran momento de la noche: el Goya a la mejor actriz de reparto. Porque las nominadas son: Rosa María Sardá i Tàmaro. -silencio- ¿Y las otras dos... siguen ahí?”. Se lo llevó, sí, por Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo. “España ha avanzado mucho en estos años, en justicia, en libertades y, por fin, se hace justicia entregando un premio. Ya era hora”. La recogida de su propio Goya fue el remate de un gag recurrente sembrado durante los minutos previos: la inquietud de la ambición y, a la par, vulnerabilidad de la mismísima showoman al frente de la fiesta. Actriz 360, como la llamarían ahora, que terminó subida en aquellas pesadas grúas que elevaban la cámaras de celuloide hasta permitirnos soñar que podíamos volar. "Estoy abandonada aquí arriba, pero yo voy a retrataros a todos y tendré un recuerdo maravilloso. Va a quedar preciosa la imagen. Bueno, me parece que solo he grabado la pared". Por un día, no quisimos ser Hollywood y la Academia celebró el amor a la artesanía del cine español y los oficios que lo hacen posible. Los Goya, aquella noche, no necesitaron mucho más que la autoría de una maestra de ceremonias que tenía respeto por el cine, no tanto por las galas de entrega de premios. Ella no era mujer de apariencias. Ella, como actriz y como pensadora, era una intérprete de las historias que nos despiertan la libertad de la creatividad, la empatía y la carcajada. Ella siempre será Rosa María Sardá.

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