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Síntomas que podrían indicar que tu perro sufre la temida displasia de cadera

2026-01-30 - 06:15

La displasia de cadera es una de las patologías ortopédicas más habituales en perros y, a la vez, una de las que más fácilmente puede pasar desapercibida en sus fases iniciales. Se trata de una alteración en el desarrollo de la articulación de la cadera, que provoca que el encaje entre el fémur y la pelvis no sea correcto. Con el tiempo, este desajuste genera desgaste, inflamación y dolor. Aunque puede afectar a perros de cualquier tamaño, es más frecuente en razas grandes y gigantes como el Pastor alemán, el Labrador retriever, el Golden retriever, el Rottweiler o el Boyero de Berna, debido a factores genéticos, al rápido crecimiento y a una mayor carga de peso sobre la articulación. Por su naturaleza, detectar cuanto antes esta enfermedad es clave, ya que un diagnóstico precoz permite aplicar tratamientos y pautas de manejo que reducen el dolor, ralentizan su avance y mejoran notablemente el bienestar del animal. Signos que pueden significar una displasia de cadera Uno de los primeros avisos suele aparecer en momentos cotidianos. Perros que antes se incorporaban con facilidad empiezan a mostrar dificultad para levantarse después de estar tumbados, como si necesitaran varios intentos o un pequeño impulso extra. Esa torpeza inicial, que a menudo se atribuye a la edad o a un mal gesto puntual, puede ir acompañada de rigidez al comenzar a moverse, especialmente tras periodos de descanso prolongados. Conforme la displasia avanza, la forma de caminar también puede cambiar. Según explica Hugo Fernández, educador canino y divulgador a través del canal de Instagram En clave de can, algunos perros desarrollan una marcha peculiar, con balanceo del tren posterior o un movimiento similar a pequeños saltos con las patas traseras. Observar y escuchar al perro en su día a día sigue siendo la mejor herramienta para detectar a tiempo una enfermedad En otros casos aparece la cojera, que no siempre es constante: puede manifestarse solo después del ejercicio o alternar entre una y otra extremidad, lo que dificulta aún más que los tutores identifiquen el problema. El dolor y la incomodidad también tienen un impacto directo en el comportamiento. Es habitual que el perro empiece a rechazar actividades que antes disfrutaba, como correr, saltar o jugar, no por falta de interés, sino porque anticipa el malestar que le provocan. Ese descenso de la actividad suele traer consigo un aumento de peso, que a su vez agrava la carga sobre las caderas y empeora el cuadro clínico, creando un círculo difícil de romper si no se interviene a tiempo. También pueden aparecer señales más sutiles relacionadas con el contacto físico. Algunos perros se quejan, gimen o se tensan cuando se les toca la zona de la cadera, mientras que otros directamente evitan que se les manipule o incluso que se les huela por detrás, una conducta que puede interpretarse erróneamente como un problema de carácter. En paralelo, la sobrecarga de otras estructuras para compensar el dolor articular puede generar tensión muscular visible en la parte posterior de las patas. Si existe la sospecha de displasia de cadera, es fundamental acudir a un veterinario especializado, ya sea en traumatología o fisioterapia, para realizar las pruebas necesarias y establecer un plan de tratamiento adecuado. Como recuerda Hugo Fernández, "observar y escuchar al perro en su día a día sigue siendo la mejor herramienta para detectar a tiempo una enfermedad que, aunque no siempre se puede prevenir, sí se puede manejar para ofrecerle una vida más cómoda y activa".

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