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Seguir la corriente

2026-03-02 - 04:23

Es lo fácil. Unirte al pensamiento único. Seguir lo que la mayoría piensa y adoptar las opiniones políticamente correctas. Porque así no hay apenas que pensar y ni mucho menos encontrar argumentos para defender tus opiniones. Si apuestas por las ideas mayoritarias, tu vida será más sencilla ya que te sentirás miembro de una amplia comunidad que piensa como tú. Jamás discutirás porque serán dogma tus puntos de vista sobre todo lo que sucede en la sociedad, sea una guerra, un lance deportivo o cualquier debate político. No te hará falta elegir qué leer, qué película ver o a quien admirar u odiar... Harás lo que hace todo el mundo. Por eso no te plantearás tu voto, tampoco tus causas sociales y ni mucho menos los pines que poner en tu chaqueta o la bandera que colgar en tu ventana. Simplemente te dejarás llevar por la corriente. Será agradable porque sin apenas esfuerzo, como un barco en un río, verás que avanzas impulsado por la corriente, cada vez más rápido y acompañado por muchos como tú. Será cómodo sentir que formas parte de la mayoría. El problema vendrá si por alguna razón parte de las convenciones que defiende la masa, no te acaban de convencer. Quizás porque en tu familia alguien piensa diferente, o porque el que lidera el pensamiento único no te parece creíble. O simplemente porque has padecido en tus propias carnes la incoherencia de los que pontifican la doctrina. Entonces te pondrás a trastear en internet y encontrarás otra forma de pensar; otras personas que siguen lo que para ti antes ni existía o bien era anatema. Intentarás defender esos nuevos argumentos y te costará mucho, no estarás entrenado para contrarrestar los argumentos mayoritarios. Además, como en el río, salirse de la corriente es peligroso. Puedes volcar y exige mucho esfuerzo. Remar a contracorriente exige una pericia y una fuerza que cualquiera no tiene. Te agotarás y tendrás la tentación de volver a la comodidad de dejarte llevar. Te rendirás y decidirás dejarte de líos y seguir la corriente. De hecho, el castellano ha adoptado esa expresión para referirse a aquellas situaciones en las que para evitar una discusión o a un pesado, se decide darle la razón. Si este fin de semana viste el 40 aniversario de los Goya porque te gusta el cine quizás lo anterior te inspire. Lo fácil era ponerse el pin de Free Palestine, lo difícil hablar de los derechos humanos en Cuba o Venezuela. La corriente llevaba a hablar de la dictadura de Franco y lo impensable recordar la que sufrió hace mucho menos tiempo nuestro país con el terrorismo de ETA. Lo natural llamar dictadores a Milei o Trump aunque hayan ganado ampliamente elecciones democráticas, lo inadmisible atacar a tiranos que no respetan los derechos humanos como Putin o Xi Jinping. Lo unánime obviar la corrupción gubernamental, lo inaudito que ni uno solo de los premiados denunciase el caos ferroviario o las carreteras llenas de baches por tantas mordidas. Lo normal que nos preocupemos por la violencia sexual en El Congo; lo increíble es que a nadie le indignase la violencia de género que afecta al partido del presidente sentado en las primeras filas: Koldo, Ábalos, Salazar y el DAO nunca han existido. Muchos espectadores se sintieron cómodos con lo anterior y no les chocó nada; otros siguieron la corriente porque su amor al cine está por encima de consideraciones políticas. También están los que cambiaron de canal. Si no te sitúas en ningún grupo de esos y seguiste viendo los galardones, la desazón estaba asegurada. En los ahogamientos en las playas, los socorristas siempre defienden que te dejes llevar por la corriente hasta que encuentres un momento adecuado en el que salir de la marea para volver sano y salvo a tierra firme. Pues eso.

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