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Si hay violencia en los primeros noviazgos, continuará en la vida adulta

2026-03-10 - 10:23

El otro día salía publicado un dato espeluznante en el informe de Plan Internacional: un 50% de los chicos jóvenes ven aceptable saber dónde está su novia en todo momento. En todo momento. No si ha regresado bien a casa después de salir con las amigas o si su avión ya ha llegado a su destino, sino cada minuto de su día y de su vida. Los desequilibrios que se están dando en las primeras relaciones, esas que tienen lugar en la adolescencia, bajo mi punto de vista, no son lo bastante preocupantes todavía. Ni siquiera cuando contamos con diagnósticos como el elaborado por la Mesa de Coordinación para la Atención de la Violencia Machista de Gipuzkoa que afirma que "un elevado porcentaje de las víctimas de violencia de pareja o expareja se concentra en mujeres jóvenes". De hecho, en la propia Gipuzkoa han visto (no sin alarmarse), como el 31% de las mujeres que acceden a centros de acogida tienen entre 18 y 25 años y es una tendencia que va en aumento. ¿Qué está pasando para que chicas que están en edad de terminar el colegio o vivir sus primeros años de universidad necesiten ser atendidas de urgencia? Tampoco podemos caer en el error de pensar que esto es algo excepcional, cosas "de chavales" o que se quedan en la adolescencia. Sí, las evidencias de que su impacto va más allá, por mucho que madure la corteza prefrontal, dejan entrever que el control se exacerba y puede derivar en más violencia. Perdón por ponerme tan técnica con los datos, pero de igual manera quiero recoger el estudio publicado en Pediatrics, que analizó 38 investigaciones que medían la violencia en parejas adolescentes siguiendo a sus participantes más adelante. Lo que sucedía en esa etapa más temprana (victimización y perpetración) se asociaba con un mayor riesgo de violencia en las relaciones íntimas de la adultez. Así como conductas de riesgo y peor salud mental con alta probabilidad de padecer depresión u otros problemas psicológicos, siendo las mujeres adolescentes las que sufren en mayor medida esos impactos en comparación con los hombres. Es decir, que cuando a unas edades tempranas se dan este tipo de dinámicas, se instalan como patrón y continúan en la vida adulta. Arrastramos lo aprendido y vivido en la adolescencia y puede incrementarse y extenderse, ya que, con los años, llegan mascotas o hijos que a su vez pueden ser víctimas de más violencia. Mi reflexión de hoy es que no basta con informar a las adolescentes de que no es normal que su novio quiera saber donde están, obligue a pedirle permiso, les aíslen de sus amigos, amenacen si no obedecen o presionen para mantener sexo o ciertas prácticas. Tampoco basta con insistir a los padres en la importancia de mantener una comunicación abierta con sus hijas e hijos para saber sobre sus relaciones y poder detectar si se dan casos de violencia camuflados de amor. Necesitamos una educación sexual y afectiva que no se quede solo en estar aprobada legalmente, sino que se organice a nivel nacional que compita contra lo que ven en sus pantallas: los discursos machacones y constantes de que tienen que ser dominantes o 'machos alfa'. Pero también que desmonte los vídeos pornográficos que les enseñan a perpetrar esa violencia. Sin intervenir el origen, sin prevención, seguiremos viendo cómo aumentan las consecuencias por lo que empieza a construirse en la adolescencia. Aseguraremos de que no haya cabida a nada que no sea respeto, consideración, igualdad y buenos tratos en una pareja, es urgente.

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