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Si no se leyeran los discursos

2026-02-26 - 05:03

Coincido en el Palacio Real con el presidente del Senado, Pedro Rollán, y le animo al pleno ejercicio de sus atribuciones presidenciales. Me aventuro a decirle que imagine cómo cambiaría la Cámara Alta sin más que aplicar el reglamento. Por ejemplo, lo dispuesto en el Capítulo Sexto del Título Tercero, titulado Del uso de la palabra, y, en particular, lo prescrito en el artículo 84, el cual en su apartado 1 dice: "Todo Senador podrá intervenir una, vez que haya pedido y obtenido la palabra". Y señala rotundo que "Los discursos se pronunciarán sin interrupción, se dirigirán únicamente a la Cámara y no podrán, en ningún caso, ser leídos, aunque será admisible la utilización de notas auxiliares". Le recuerdo además que en el apartado 3 del mismo artículo se prescribe que "Quien esté en el uso de la palabra sólo podrá ser interrumpido para ser llamado al orden o a la cuestión por el Presidente". De manera que si los discursos "no podrán, en ningún caso, ser leídos", el deber del presidente sería el de incautarse de los folios con los que cada uno de los oradores comparece al acceder a la tribuna, ordenar a los servicios auxiliares que procedan a fotocopiarlos para distribuirlos a todos los presentes en la Cámara e indagar del Senador en cuestión si tiene algo que añadir más allá de lo que figure en los folios incautados para que si así fuera, continuara su intervención sin papeles o, en caso contrario, se le diera el uso de la palabra a quien le siguiera según el turno de intervinientes acordado. En esa conversación de palacio puse empeño en encarecer al presidente Rollán que imaginara cómo cambiaría la dinámica de los plenos del Senado si se cumpliera esa prohibición taxativa de leer los discursos, cuánto se ganaría en agilidad y cómo se reducirían los tiempos. Otra cuestión básica que cambiaría todo sería la puesta en práctica de la potestad, que solo tiene el presidente, de interrumpir a quien esté en el uso de la palabra para llamarle al orden, cuando el senador lo merezca, o para llamarle a la cuestión, cuando la haya abandonado para discurrir por los cerros de Úbeda. Imaginemos otros recursos de efectos fulminantes como pudiera ser el seguimiento en directo de cuanto se esté diciendo en la tribuna para verificar que las comparativas de datos y cifras que en esos gráficos se proponen se hacen en términos homogéneos y que la infografía que se exhibe, sin que casi nunca pueda divisarse con claridad desde los escaños de los adversarios, sea algo más que una burda manipulación. Quedó pendiente un encuentro en el Senado con el presidente Pedro Rollán del que serán informados los lectores. Entre tanto, hora es ya de desmentir las declaraciones de José Antonio Griñán, expresidente de la Junta de Andalucía, a Juan Cruz en el diario El País del sábado 21 de febrero, donde afirmaba que "No hay ni un diálogo en las Cortes del que nazca algo distinto al odio". Frente a quienes dicen que la política se ha vuelto insoportable, Griñán sostiene que lo que se ha vuelto insoportable es el lenguaje político, el lenguaje del odio.

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