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¿Siempre quieren caricias? Un estudio revela la importancia de dar elección a los perros de terapia

2026-02-07 - 07:55

Cuando hablamos de perros de terapia, de asistencia o de trabajo en general, el relato dominante suele ser unidireccional. Se repiten hasta la saciedad los beneficios que aportan a las personas y cómo mejoran el bienestar emocional, reducen la ansiedad, acompañan en hospitales, colegios y residencias. Ese ‘efecto milagro’, tan presente en la divulgación y en el discurso institucional, rara vez se cuestiona desde el otro lado de la correa. No obstante, cada vez más investigaciones invitan a mirar esa relación con un enfoque no antropocéntrico. No para negar el valor de la intervención asistida con animales, sino para preguntarnos hasta qué punto estamos teniendo en cuenta los deseos, límites y preferencias de los propios perros. Especialmente cuando su trabajo implica contacto físico constante con personas desconocidas y pocas oportunidades reales de elección. Perros de terapia Los perros de terapia no son perros de asistencia ni animales de apoyo emocional, aunque estos términos se utilicen de forma indistinta en muchas fuentes. Se trata de perros entrenados, evaluados y certificados para participar, junto a sus guías, en programas de intervención asistida en entornos concretos como hospitales, centros educativos o residencias. Y en estos contextos, el contacto físico es un elemento clave. Se busca que el perro sea tranquilo, sociable y tolerante al manejo, y se da por hecho que aceptar caricias forma parte de su ‘trabajo’. El problema es que esa aceptación rara vez se plantea como una elección, sino como una expectativa. La elección como pilar del bienestar animal En los últimos años, el concepto de agencia, es decir, la capacidad de un animal para tomar decisiones y ejercer cierto control sobre su entorno, ha ido ganado peso dentro de la ciencia del bienestar animal. Tener opción de elegir es un componente básico para reducir el estrés y mejorar la calidad de vida. En el caso de los perros de terapia, esa agencia suele estar muy limitada. Trabajan bajo supervisión constante y con normas claras sobre qué comportamientos son aceptables. Además, se les entrena para inhibir las señales que pueden interpretarse como mal comportamiento, lo que dificulta aún más leer su estado emocional real. Si solo buscamos señales evidentes de estrés, como gruñidos o intentos claros de huida, es fácil concluir que todo va bien. Qué ocurre cuando el perro sí puede elegir El reciente estudio publicado aborda precisamente esta cuestión. Los investigadores observaron el comportamiento de 18 perros de terapia en dos situaciones distintas: una en la que el contacto humano era inevitable y otra en la que el perro podía decidir si acercarse o alejarse. En la condición de contacto forzado, los perros permanecían con correa mientras una persona desconocida los acariciaba durante tres minutos, incluso si el animal intentaba apartarse. En la condición de libre elección, los perros estaban sueltos y solo eran tocados si se acercaban voluntariamente. Cambios sutiles, pero reveladores Cuando los perros no podían evitar el contacto, mostraban con más frecuencia las orejas hacia atrás, una postura asociada a la incomodidad o a la incertidumbre leve. En cambio, cuando tenían libertad de movimiento, aumentaban las conductas de evitación y se alejaban, olfateaban el suelo o se desentendían momentáneamente de la interacción. Curiosamente, otros indicadores clásicos de estrés, como los bostezos, el jadeo o lamerse los labios, no variaron entre ambas condiciones. Esto refuerza la idea de que en contextos muy estructurados, algunos signos de malestar pueden quedar invisibilizados simplemente porque el perro no tiene margen para expresarlos. Elegir no siempre significa irse Un dato especialmente interesante es que, incluso cuando podían marcharse, los perros pasaron de media un 78% del tiempo dentro del alcance de la persona. Es decir, tener elección no implicó rechazo sistemático del contacto, sino la posibilidad de regularlo. Para los investigadores, este matiz es fundamental. No se trata de plantear a los perros de terapia como animales constantemente forzados o infelices, sino de reconocer que la cercanía voluntaria no es lo mismo que la cercanía obligada, aunque desde fuera puedan parecer idénticas. Diferencias individuales y límites del estudio El estudio también detectó algunas diferencias entre machos y hembras en ciertas conductas, aunque los propios autores advierten que el diseño no permite extraer conclusiones causales. Además, la duración breve de las sesiones y el entorno controlado limitan hasta qué punto estos resultados pueden extrapolarse a situaciones reales, donde los guías suelen intervenir y las interacciones son más largas y complejas. ¿Somos coherentes con lo que exigimos a estos perros? La reflexión de fondo que plantean los autores es que si defendemos el bienestar animal como algo central, ¿hasta qué punto es coherente asumir que ciertos perros deben estar siempre disponibles, siempre tranquilos y siempre dispuestos al contacto, simplemente porque su ‘trabajo’ beneficia a las personas? Reconocer la instrumentalización no implica demonizar la terapia asistida con animales, sino asumir que hay que encontrar fórmulas para que el beneficio humano no eclipse la experiencia del animal. Introducir más opciones, más pausas y más capacidad de decisión no resta valor al trabajo de estos perros, al contrario, puede hacerlo más ético y sostenible. Referencia: Can I touch you? A pilot study comparing consensual and non-consensual human-dog touch interactions. Amir Sarrafchi et al. Applied Animal Behaviour Science (2026)

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