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Sobrevivir o especular

2026-03-23 - 11:30

Escribo con el peso del duelo por el fallecimiento de mi madre y con sensación de indignación e impotencia. Tras una vida de trabajo, esfuerzo y privaciones para dejar un techo a los suyos, el 'último adiós' de la Administración ha venido en forma de liquidación tributaria: 9.930,22 euros en concepto de plusvalía municipal, pues se me ha denegado la bonificación del 95 por ciento que me corresponde como hijo, tratándome igual que a un inversor inmobiliario o a un especulador, pues aplica la trampa legal de que, al estar el piso alquilado, el Ayuntamiento considera que ha perdido la condición de vivienda habitual. Mi madre sufría una enfermedad y tuvo que ingresar en una residencia, cuyos gastos superaban con creces su pensión. Ante la imposibilidad de cubrir estos costes, tomé la decisión de alquilar su vivienda habitual para sufragar su bienestar y dignidad en sus últimos años. El sistema público falla por dos veces: una, porque las pensiones no son suficientes para cubrir la dependencia de nuestros mayores, y otra, porque cuando la familia busca soluciones privadas (alquilar su propia vivienda para pagar los cuidados) la Administración lo interpreta como una actividad lucrativa y elimina los beneficios fiscales por herencia, convirtiéndose así en un heredero forzoso que reclama una parte sustancial de un patrimonio del cual ya pagó sus impuestos año tras año, vía IBI y otros tributos. Es paradójico que se hable de proteger a las familias y de facilitar el acceso a la vivienda mientras se mantiene un impuesto que es una doble imposición encubierta y un obstáculo penoso para los que se encuentren, así, con un piso vacío y ante la falta de vivienda no lo pueda alquilar, autoyudándose y, además, suministrando una vivienda al mercado de alquiler. ¿Es esta la justicia social de la que presumen nuestras instituciones? Cobrar 9.930,22 euros por una herencia no es redistribuir la riqueza, es ensañarse con el ahorro de toda una vida y con el dolor de una familia. No es justo que el ahorro de toda una vida de una madre se vea mermado por un impuesto que no tiene en cuenta que el alquiler fue una herramienta de supervivencia, no de enriquecimiento. Manuel Mur Torres. Barcelona El 'No a la guerra' es un lema tan ineficaz como podría ser un 'no a la enfermedad', 'no al terrorismo' o 'no a la tiranía'; peor aún que estos últimos, pues existen guerras justas, pero no tiranías justas. Es decir, la negativa a las guerras no es una cuestión absoluta, y Hobbes se encargó de mostrarlo al afirmar el egoísmo del ser humano. Es lícito, aunque inútil e infantil, negar la guerra, porque puede estar fuera de nuestro ámbito de decisión: uno puede oponerse a los excrementos de las aves, lo que no evita que nos caiga alguno sobre la cabeza. El pacifismo del presidente del gobierno ya le llevó en su día a sugerir la supresión del Ministerio de Defensa, una actitud personal que no le exime de sus obligaciones como jefe del Ejecutivo. Pacifismo no significa desinterés o apatía, ni siquiera neutralidad. Por tanto, no cabe aferrarse a ello a posteriori para justificar su inacción o el incumplimiento de sus obligaciones, máxime cuando el conflicto armado es lejano y cuyas consecuencias para nosotros son graves pero tangenciales. Repasando el Compromiso de Caspe en el siglo XV para elegir rey de la Corona de Aragón, se confirma que aquellos compromisarios tenían un sentido de Estado del que carecen los que hoy nos rigen. Luciano Ibáñez. Zaragoza

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