Sonia Díaz, experta en gestión de la ira: "Cambiar de opinión no te hace ser menos tú"
2026-02-01 - 20:25
Nos ponemos en situación: durante una discusión, incluso ante un simple intercambio de ideas en el que alguien nos lleva la contraria, sentimos cómo el cuerpo se tensa, perdemos en gran medida la capacidad de escucha, nuestra curiosidad se desactiva y aparece de manera automática la necesidad interior de defender nuestra postura por encima de todo. ¿Te suena? Efectivamente, en estas situaciones nos empeñamos en 'imponer' nuestra razón y no porque sea mejor, sino porque lo vivimos como algo personal, sin razonarlo. En opinión de Sonia Díaz, mentora especializada en gestión del enfado y comunicación consciente, y autora del libro 'Y si me enfado, ¿qué?' (VR Europa), "este reflejo defensivo no habla de rigidez mental ni de falta de apertura, sino de identidad". ¿Por qué se activa una alerta interna cuando nos contradicen? Como explica Díaz, "cuando se cuestionan nuestras ideas, creencias o valores, no solo se está cuestionando una opinión: se activa una alerta interna, la sensación de que algo de lo que soy puede tambalearse". Desde un punto de vista estrictamente emocional, nuestro cerebro no está viviendo ese cuestionamiento como un debate, sino más bien como una amenaza. Lo que sucede en estos casos es que "nuestro cerebro no es capaz de distinguir si lo que está en juego es simplemente una idea puntual, o más bien una parte de nuestra historia personal, esa que nos ha costado tanto ir construyendo con el paso de los años. Por eso reacciona de una manera tan brusca, en alerta". Este sería el motivo por el que muchas reacciones no tienen que ver con el argumento que esgrime el otro, sino con una pregunta silenciosa que aparece sin que nos demos cuenta: 'si esto no es verdadero, entonces, ¿quién soy yo?'. Y es aquí donde la mayoría de las personas confunden identidad con rigidez. No estamos defendiendo una idea, eso pasa a un segundo plano, cuando discutimos lo que estamos haciendo es defendernos a nosotros mismos en global. "Sentimos que si cambiamos de opinión estamos fallándonos" En casi todos los casos, cambiar de opinión suele asociarse con un fallo del sistema, con un error que vivimos con mucho pesar, como si estuviéramos fallándonos. "Rectificar se vive como un error, una incoherencia o incluso una traición a nosotros mismos". Aquí, la experta insiste en que la realidad indica todo lo contrario, aunque a priori no seamos capaces de admitirlo. "En la práctica, suele ser justo lo contrario a lo que pensamos. Cambiar de opinión es una señal clara de aprendizaje, de que hemos adquirido más y mejor experiencia, y de que tenemos mayor conciencia. Porque resulta que hay ideas que en su momento nos sostuvieron, y que han dejado de hacerlo. Cambiar de opinión no te hace ser menos tú, sino que te permite vivir con más coherencia y menos tensión", advierte la coach. Y añade: "Aferrarnos a esas ideas instaladas en nuestro yo interior únicamente por miedo a soltarlas lo único que va a conseguir es generarnos mucha tensión interna, además de que limita nuestra capacidad para aprender y cambiar, que es lo que debe subyacer en la misma naturaleza del ser humano". 5 señales de que una idea que antes te valía, se ha vuelto 'rígida' No es necesario que se haya producido una discusión intensa para que el mecanismo de alerta se ponga en marcha. Basta una frase aparentemente inocente en una comida o en una conversación informal: 'Yo eso no lo veo así' o 'creo que te estás equivocando' pueden ser detonantes claros. ¿Qué nos sucede al escuchar esas frases u otras parecidas? "De repente, el cuerpo se tensa y la escucha cambia. Empezamos a preparar mentalmente la respuesta antes de que la otra persona termine de hablar. En ese momento no se intenta imponer una opinión, sino proteger una sensación de coherencia interna: 'esto que pienso dice algo de quién soy'". La dificultad aparece cuando una creencia deja de servirnos y, aun así, nos aferramos a ella. Con el objetivo de saber identificarla, la coach nos ofrece 5 pistas que nos ponen sobre aviso. 1. No buscas dialogar, buscas validación de tu idea Cuando tu interlocutor discrepa de lo que estás diciendo y sientes la necesidad imperiosa de explicarte una y otra vez para que 'lo entienda bien', no estás buscando (ni mucho menos) diálogo... estás buscando validación, porque algo en tu interior se ha sentido amenazado. 2. Huyes de los matices y te comunicas con 'absolutos' 'Siempre', 'nunca', 'todo el mundo', 'las cosas son así'... Los absolutos son el refugio del cerebro cuando no quiere mirar los matices de la conversación por miedo a que la estructura interna se tambalee. Esas afirmaciones automáticas dan sensación de seguridad, aunque limitan la comprensión. 3. Rigidez mental que viene acompañada de rigidez corporal En una discusión, la tensión física suele ser un reflejo inmediato. Mandíbula apretada, hombros tensos, respiración cortada, brazos cruzados... a rigidez mental suele venir acompañada de rigidez corporal. El sistema nervioso entra en modo alerta ante una simple opinión distinta. 4. No puedes resumir la postura contraria Otro signo inequívoco de que no estás participando en un diálogo, sino buscando tu propio 'beneficio' sin escuchar, es que "si no puedes resumir la postura de la otra persona de forma que se sienta comprendida —aunque no estés de acuerdo—, no es por falta de capacidad. Es una forma de protección, y en ningún caso de intención de diálogo". 5. Las dudas internas generan culpa o miedo (o ambas) Cuando una duda interna nos genera culpa o miedo —como si replantearte algo fuera desleal—, esa idea ya no es una base segura, sino una exigencia interna que nos obliga a sostener algo que ya no sentimos como propio. "Detectar estas señales no va de juzgarse ni de cuestionarlo todo, va de darse cuenta de cuándo una idea ha dejado de ser una base y se ha convertido en una exigencia interna que toca renovar".