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'T amaré' gana el Benidorm Fest 2026: los aprendizajes que deja el mayor espectáculo musical de TVE

2026-02-15 - 00:35

Tony Grox & LUCYCALYS se han llevado el trofeo de la sirenita tirándose de los pelos (y los 150.000 euros ) del Benidorm Fest de 2026. Su pegadiza canción T amaré fue la más cantada entre el público del festival. Pero no ha sido triunfadora única. RTVE también ha ganado. La cadena pública gana cuando marca agenda social. Mejor si es con la astuacia de congregar en qué punto estamos como sociedad. Con la producción de la segunda vida del Festival de Benidorm remueve el avispero de su propia programación con un evento anual que, además, atrae el interés de un público más joven que descubre artistas que no siempre tienen oportunidad de visibilizarse en prime time. En esta edición, es evidente que ha habido un salto de producción, calidad visual y precisión en la organización de equipos que siempre es el preludio para una mejor emisión. Todo ha fluido con una fotografía y realización visual escrupulosa. Y así se ha celebrado la final. Con el aliciente del subidón de la visita de recordados artistas de la historia del festival. Aquellos que despertaron el debate público desde la ciudad del balcón del mediterráneo. Como la intensidad folclórica de Melody y, en la parte final, con la subrime Chanel con la que la gala se ha levantado el auditorio y no ha podido evitar las lágrimas tras volver a pisar tal escenario. Las grandes artistas no contienen su emoción. Con momentos así, Benidorm Fest ha removido con recuerdos recientes y recuerdos para siempre una edición a la que le falta tensión narrativa, sin la participación de España en Eurovisión. Y ha acudido a sus reconocibles (e intensos) ganadoras. El morbo eurovisivo generaba pasión en la audiencia. Había que prever si íbamos a triunfar, íbamos a comernos los mocos y si debíamos hacer cambios para mejor la canción. La controversia estaba servida. Y habitamos en una sociedad malacostumbrada a la polémica como entretenimiento: sin las chispas polarizadas todo nos interesa menos. El Benidorm Fest 2026 ha reducido en el guion Eurovisión y ha intentado dar más empaque al propio al festival con la celebración de su quinto aniversario en una noche que, también, ha existido tiempo para la nostalgia. Para empezar, Jesús Vázquez ha cantado Y yo te besé y, más tarde, todo el auditorio entonando Eres tú de Mocedades. Pelos de punta. Un guiño a los más veteranos del lugar. Un hito de la historia eurovisiva. Un himno transgeneracional para un programa que se realiza desde una capital turística que remite a la alegría de las vacaciones eternas. Mira, igual que decían Javi Calvo y Javier Ambrossi cuando enseñaron su casa con librería, piscina y mucho mármol de Porcelanosa. Pero para saborear las bondades del ocio también necesitamos saber que todo tiene fecha de caducidad. La propia final del Benidorm Fest 2026 ha remitido a un cierre de ciclo. Para coger carrerilla. Hay que emprender vuelo hacia más amplios horizontes. Toca un salto mayor, sabiendo qué somos y de dónde venimos. El éxito de este formato tiene mucho que ver con la diversidad de ideas rutilantes (hasta cuando eran más apagadas) que atesoró su primera edición. La que enganchó a las grandes audiencias desde la pluralidad nacional: poniendo a convivir a artistas de disparidad de estilos y procedencias. Lo hizo en canciones y en puestas en escena: con Rigoberta, Chanel, Rayden, Tanxugueiras y otros tantos. En cambio, esta vez, se ha decidido unificar las puestas en escena en un mismo director artístico, Sergio Jaén. Su virtud es que ha traído una experiencia internacional que ha propiciado un impulso en el modo de trabajo y la precisión del resultado. Otra historia es que son muchas puestas en escena para asumir por una persona sola y este tipo de programas crecen en la pluralidad de miradas. Aunque estén coordinadas por un mismo director artístico. En este sentido, para conquistar mayores audiencias desde la primera semifinal, el tono general estético del programa ha pecado de oscuro. La oscuridad no es mala, pero si se transforma en monotonía puede homogeneizar las actuaciones y, cuando además se contagia a todo el auditorio, merma la sensación de acontecimiento. Lo que invita a que el espectador a marcharse a otros canales. Sobre todo cuando no distingue a los artistas al ser en gran parte desconocidos para las grandes audiencias. El sello personal del buen escenógrafo debe ser menos vistoso que su capacidad de potenciar el carisma único de cada artista. Lo ha conseguido con Rosalinda, que ha quedado tercera. Porque centra toda la puesta en escena de su canción en la belleza de lo que ella quiere narrar. Hay experiencia hacia un lugar. Mientras en la mayoría de las actuaciones se dan vueltas entorno a un elemento para rellenar el tiempo del tema musical, aquí hay un cuento sensitivo. No paran de pasar situaciones nuevas en un plano secuencia con sombras, luz roja que rompe y una actitud a cámara de una artista que no solo siente lo que canta, lo transmite. Rosalinda da vida a la escenografía, mientras en la mayoría de las de sus compañeros la escenografía es la que arrastra a ellos. Para adaptar una canción a un show en directo, es esencial plasmar una micro historia coherente con la candidatura y, sobre todo, que vaya creciendo y alimentando la curiosidad del espectador. Incluso buscando micro tramas de las que el público puede tirar del hilo en días posteriores a la emisión. Así la actuación trasciende mejor del programa en sí y se queda en el imaginario colectivo. Como ha hecho Bad Bunny con su luminosa fiesta de la Super Bowl repleta de guiños. (Lo explicamos aquí). En este “Benifest”, las puestas en escena estaban muy bien técnicamente, pero por momentos parecía un maratón de propuestas sombrías que ha intentado paliar la escálela de la final con un inteligente orden en busca de la complementariedad de los artistas que favoreciera un mayor ritmo, pluralidad y un mayor subidón de los temas entre el público. No solo de tipologías de canciones, también en estética. Con sus toques de referencias latentes y patentes, literales e irónicas, en los entreactos que tejen el guion. Mención especial a la maravillosa promoción sobre la historia de RTVE desde la mirada desprejuiciada de los niños. Todos hemos sido esos niños. Que las reticencias del crecer no nos quiten esos ojos repletos de la ilusión de todo por aprender. El Benidorm Fest tiene la gracia de ser un evento desde una ciudad con una entidad tan aplastante como Benidorm, llena de rascacielos iluminados con leds y neones, y cuenta con la fortaleza de producirse desde una cadena pública que debe retratar un país. También a través de la disparidad de músicas, artistas y talantes, aprendiendo de la historia lúcida de Eurovisión y, a la vez, tomando el pulso a lo que nos hace únicos como país. La espontaneidad es nuestro ADN y no nos la pueden arrebatar ni siquiera cuando nos dan cero points. A nuestra tele y a nuestra música, tampoco. Somos diversidad, somos creatividad, somos todos los colores que nos podemos imaginar e incluso alguno más. Así TVE sigue pletóricamente viva. Así la televisión nos hizo querer tanto la televisión. Así nos quitó prejuicios sin necesidad de trincheras. Porque con sus historias hechas traviesas imágenes nos permitió descubrir otros mundos que están en este. Otros mundos de colores, claro.

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