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Tejer y pintar para no hacer 'scroll': "El reto de mi generación es concentrarse en algo que no sea el móvil"

2026-03-22 - 07:30

Hace apenas unas semanas, Clara decidió poner remedio a la sensación de estar perdiendo cada rato libre entre notificaciones y scroll infinito. A sus 25 años, acaba de terminar el MIR y ha encontrado en el ganchillo una forma extraña de paz: "Cuando estoy haciendo ganchillo desconecto totalmente de todo, entro en un bucle en el que no paro, pero mi mente se va y el tiempo pasa volando", explica. Lo que busca Clara es cada vez más común: jóvenes que han crecido entre pantallas, pero que ahora pagan por pintar un cuadro con vino, aprender crochet o sentarse a tejer en grupo para, literalmente, dejar el móvil a un lado. No reniegan de lo digital —de hecho, muchos llegan por TikTok o Instagram—, pero necesitan un espacio donde el resultado sea algo que se toca, se estrena o se cuelga en la pared. En el distrito barcelonés de Sarrià-Sant Gervasi, el estudio de pintura de Belén Almodóvar, artista, bel.alma.art, lleva siete años abierto, pero hace dos y medio puso en marcha una actividad que se ha convertido en plan de culto entre grupos de veinteañeras y treintañeros: el Art and Wine. "La experiencia es tomarse una copita de vino mientras estás con tus amigos pintando un cuadro, con un poco de queso, almendras, buena música y mucha charla", resume Belén. En los últimos años, cuenta que llegan cada vez más grupos de gente joven "cansados de estar haciendo siempre lo mismo" y buscando "experiencias distintas". Lo que le repiten es casi siempre igual: quieren "hacer algo con las manos, algo relajante, algo que no sea una pantalla" y que, al final, les permita llevarse a casa un objeto hecho por ellas mismas. De saturación digital a "meditación artística" En talleres de pintura con vino, en mesas largas llenas de ovillos o en clases de ganchillo a la carta, jóvenes que han vivido pegados al móvil buscan algo que las pantallas no les dan: tiempo que no se escapa en scroll, una comunidad que no depende de un chat y la satisfacción de acabar el día con un jersey empezado, una bufanda a medias o un cuadro que colgar. Llegan a estos planes precisamente por redes sociales, a menudo a través de vídeos de TikTok o recomendaciones en Instagram, pero se quedan por razones muy analógicas: bajar el ritmo, gestionar la frustración de ir "lento", aprender a estar quietos y concentrados y descubrir que del error también sale algo valioso. Para quienes organizan y enseñan en estos espacios, como Belén, Khiara y Eva, propietarias de Lalanalú, tienda de lanas y a su vez taller de ganchillo en Barcelona, el patrón se repite en sus relatos: aquellos que llegan a sus talleres con ganas de hacer algo distinto hablan de estrés, de demasiadas horas delante de la pantalla y de la necesidad de crear algo tangible, real, que no se pierde con un clic. En las sesiones de Art and Wine de la artista Belén Almodóvar los móviles desaparecen casi sin que nadie lo pida. "Como están pintando y es un tiempo limitado, no están para ver móviles; nadie chatea", describe Belén, que solo ve aparecer las pantallas para consultar la foto del cuadro que están replicando o hacerse alguna imagen al final. El balance que escucha al terminar también se repite: "me ha encantado, se me ha pasado volando, no he pensado en mi teléfono, he estado con mis amigas al 100%, he conectado con la gente". Para Belén, lo que buscan es claro: bajar el ritmo, reducir el estrés mental y entrar en "una especie de meditación artística y creativa" en la que solo importan los colores y la siguiente pincelada. TikTok como puerta de entrada a lo analógico En el barrio barcelonés de Gràcia, la tienda-taller Lalanalú lleva doce años combinando venta de lanas, agujas y libros con clases de punto y ganchillo "a la carta". "Abrimos la tienda y los talleres a la vez, siempre hemos trabajado con este formato de tienda y clases", cuenta Khiara, copropietaria de Lalanalú. En estos años, tanto ella como Eva -su compañera de negocio- han visto cómo el perfil de sus alumnas cambiaba: cada vez más jóvenes de entre 20 y 30 años, y también más hombres, se apuntan a tejer. "Antes la mayoría venía con patrones de Ravelry o con vídeos largos de YouTube; ahora cada vez más gente llega por cosas que han visto en TikTok", explica Khiara, que se ha acostumbrado a que en un mismo día varias personas pidan el mismo hilo porque lo han visto en un vídeo viral. El gancho de estas actividades no es solo estético. "Aquí la mayoría te habla de estrés, de mucho tiempo en la pantalla y de la necesidad de crear algo real", explica Khiara sobre lo que escucha en las clases. Muchas alumnas combinan el tejido con otros hobbies manuales como cerámica, pintura o costura, intentando equilibrar lo digital con actividades tangibles. La paradoja es que lo digital sigue siendo clave. Lalanalu mantiene tienda online, talleres virtuales, patrones descargables y vídeos en YouTube, y en clase es habitual que alguien grabe con el móvil un punto complicado "para revisarlo en casa". Pero buena parte de las personas jóvenes que se sientan ahora en sus mesas son, según Eva, quienes "han intentado aprender solo con vídeos, se frustran y vienen porque se dan cuenta de que necesitan una parte física, alguien delante que les diga qué están haciendo mal". Aprender a ir despacio (y a equivocarse) Hace unos años, el crochet se asociaba a tapetes y a una estética que mucha gente joven consideraba anticuada, recuerdan. "Antes se veía como una técnica para hacer tapetes; ahora hay un boom tremendo, revistas que solo publicaban punto sacan libros exclusivos de crochet", dice Khiara. Eva lo constata en cada grupo nuevo: "la gente joven viene pidiendo el mismo patrón viral, como la Sofie Scarf; es el que han visto en mil vídeos y quieren que les quede igual que a la chica de la foto". Para ellas, la moda y la imagen siguen pesando, pero celebran que esa aspiración pase por aprender una técnica lenta y repetitiva que antes estaba marcada por el estigma de "cosa de abuelas". La lentitud, de hecho, es parte del choque inicial. "A veces ven un vídeo de un minuto en el que parece que haces un jersey desde que empiezas hasta que lo acabas, pero en realidad son horas, a veces meses de trabajo", explica Eva, que ve cómo muchas personas conectan primero con la frustración antes de asumir el ritmo real del tejido. Clara, la doctora que comenzó a hacer crochet para desconectar, lo ha vivido en primera persona: hacer y deshacer puntos le ha obligado a entrenar la paciencia en un momento en el que casi todo se resuelve "preguntando algo en internet". "Si tienes un problema, lo tienes que resolver tú, implica hacer y rehacer muchísimas veces y aceptar que no todo va a quedar perfecto", cuenta; para ella, ahí está "la esencia de algo que has podido crear tú". Comunidad sin notificaciones Más allá del objeto final, lo que se teje alrededor de la lana es también una red. "Mucha gente entra para aprender y acaba encontrando una comunidad", explica Khiara, que cita el ejemplo de una alumna que venía sola a Lalanalú y ha terminado montando un grupo propio, Hebra, donde chicas de la misma edad se juntan a tejer. En esa comunidad, dice Khiara, muchas encuentran justo lo que las redes prometen pero a menudo no consiguen: conversación, intereses compartidos y presencia. "Estoy todo el día mirando WhatsApps o TikToks, pero esto me aleja de eso y me conecta con la realidad, con gente que tiene las mismas ideas que yo", resume lo que escucha en el taller. Ainhoa, otra joven aficionada al tejido, resume en una frase el diagnóstico generacional que sobrevuela todos estos espacios: "el reto de nuestra generación hoy día es saber estar quietos concentrados en algo que no sea el móvil". Para ella, hacer punto o crochet es justo lo contrario al scroll: "si hago scroll pierdo el tiempo; si tejo, hago algo que tiene resultado, algo tangible", explica. Aprendió de pequeña con su abuela, pero ha vuelto empujada por una amiga y por la necesidad de "gestionar la frustración" de ir lenta en casi todo menos en la pantalla. Entre ovillos y agujas, busca entrenar justo eso: estar sentada, concentrada, sin la excusa de un entrenamiento o un deporte, solo ella, sus manos y una labor que no se puede terminar con un par de toques de dedo. Si quieres contactar con 20minutos, realizar alguna denuncia o tienes alguna historia que quieres que contemos, escribe a actualidad@20minutos.es. También puedes suscribirte a las newsletters de 20minutos para recibir cada día las noticias más destacadas o la edición impresa.

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