Un arrepentido de la eutanasia en el último momento: «Algo en mi cabeza hizo clic»
2026-03-27 - 03:40
Como Noelia , Joan aún no había cumplido los treinta años cuando decidió que la eutanasia era el mejor método para acabar con su sufrimiento. Llevaba en tratamiento psiquiátrico desde los 15, media vida con un trastorno de ansiedad, agorafobia, ataques de pánico cada vez más recurrentes que le acabaron generando una depresión crónica. Años de sufrimiento y dolor que, al aprobarse la ley de la eutanasia en marzo de 2021 le llevaron a la decisión de iniciar los trámites para pedirla. También como en el caso de Noelia –en quien se sumaban los problemas físicos de su lesión medular con la necesidad de tratamiento psicológico a la que se acogía su padre para tratar de frenar el proceso– a Joan le amparaba uno de los supuestos de la ley para pedir la eutanasia: « Padecimiento psíquico grave , crónico o imposibilitante». Ese era precisamente su caso. Su trastorno le impedía cualquier relación con desconocidos y el miedo a un ataque de pánico le mantenía encerrado en casa. Llevaba años sin ir a restaurantes, al cine o de compras, ni siquiera a la tienda de la esquina. Años sin encontrarse con los amigos ni familiares. Años encerrado en un dolor que se hacía cada vez más grande e insoportable y frente al que no veía salida. Todas las terapias que había recibido habían resultado infructuosas. «Creo que he hecho todo lo que podía hacer para salir de esta situación, ya he cumplido en esta vida, me sabe mal por mis padres pero ya he cumplido», le dijo Joan a su psiquiatra cuando le solicitó que iniciara los trámites para la eutanasia . Según el procedimiento establecido por la ley, el doctor, como médico responsable, debe iniciar entonces «un proceso deliberativo sobre su diagnóstico y posibilidades terapéuticas». Así lo hizo. Pero Joan lo tenía claro, por lo que el proceso no se detuvo en ese punto y siguió adelante. Como última opción, el psiquiatra le pidió que asistiera al menos a una visita con la asociación Viktor Frankl . La entidad fue fundada en Valencia en 2001, y está inspirada en la vida y obra de este psiquiatra austriaco de origen judío. Su experiencia como prisionero en cuatro campos de concentración nazis, recogida en el libro 'El hombre en busca de sentido', es un ejemplo de superación y resiliencia. La asociación ofrece ayuda gratuita «en casos de pérdida de sentido de la vida causados por una pérdida vital». Hasta sus instalaciones llegan personas que han perdido a un familiar por suicidio o de forma traumática, enfermos terminales o sus familiares que no comprenden ese proceso final de sus vidas, o personas inmersas en un vacío existencial. En noviembre de 2021, unos meses después de la aprobación de la ley, Joan fue el primer solicitante de eutanasia en llegar hasta allí. «Yo no sabía que había solicitado la eutanasia», explica a ABC el orientador que le atendió entonces. «Me contó sus años de sufrimiento, y con total naturalidad me dijo que había pedido la eutanasia. Me impactó», explica Xavi González. «En ese momento, lo primero que me vino a la cabeza fue tratar de convencerle para que no lo hiciera, decirle que era muy joven y que aún tenía muchas posibilidades por delante. Pero me di cuenta de que eso mismo le habrían dicho ya sus familiares y los médicos que le habían tratado en ese tiempo», explica González. Eran tiempos de pandemia, con medidas restrictivas y obligación del uso de la mascarilla, por lo que sobre la marcha tomó una determinación «quizás arriesgada», reconoce. «Le dije, bueno, ya que has tomado esa decisión, nos quitamos las mascarillas. Si te quieres morir, no tendrás miedo al covid ». Le arrancó una sonrisa. Aquella primera sesión continuó en el mismo tono. «Le dije que le entendía, porque también a mí me habían ocurrido cosas que me hacían pensar en morir, pero que luego me daba cuenta de que lo que quería que murieran eran las circunstancias que lo generaban», añade González al recordar aquel momento. González sólo le requirió una última cosa antes de pedirle que volviera, si quería, después de Navidad. «Métete en unos grandes almacenes uno de estos días, cuando más gente haya. Sé que tienes pánico, que temes que te dé un infarto, pero ya que vas a morir, ¿por qué no lo pruebas?». Joan sonrió de nuevo. «Seguimos charlando un rato más. Mi objetivo era hacerle ver que eso mismo que le ocurría a él también le pasaba a otras personas», explica el orientador. Un mes después, Xavi González esperaba nervioso la cita. No sabía si Joan volvería o había dado por cumplido el trámite con su psiquiatra en aquella primera charla. Finalmente apareció. Si a la primera cita acudió acompañado de su madre, en esta ocasión volvía solo, y su forma de moverse era más resuelta, poco dubitativa. González recuerda con emoción aquel momento. Joan se sentó y le dijo: «No iba a venir, porque no quería que desperdiciaras esta hora. Pero he decidido venir para darte las gracias. He hablado con mi psiquiatra y le he pedido que eche para atrás el proceso de eutanasia». «No es que tenga muchas ganas de vivir, pero lo que tengo claro es que no quiero morirme» , le espetó. Sorprendido, el orientador le preguntó qué había cambiado en ese tiempo. Joan le explicó que aquella tarde de noviembre algo «había hecho clic» en su cabeza. «Me sentí visto en mi sufrimiento, en mi malestar, sin querer cambiarlo, no viste en mí una patología, sino que aceptaste lo que decía y decidiste acompañarme», le dijo el paciente. Joan le contó que había decidido poner en práctica el consejo que le había dado González. Compró una entrada para una charla de Victor Küppers y se fue para allí. Su madre no podía creerlo. «En la cola, rodeado de gente, comenzó la taquicardia y me acordé de lo que me dijiste. El agobio llegó a un punto máximo y dije 'que me dé el infarto'. Pero no me dio. Y no sabes cómo disfruté del evento», le explicó Joan. Después de aquello volvió a salir con su hermana a un restaurante. «Los camareros nos veían llorar y nos preguntaban si nos pasaba algo, pero era de alegría» , siguió contando. Joan le reconoció que no se sentía curado, pero sí que había descartado la opción de morir. «Iré descubriendo a ver si le encuentro aliciente a esto, para seguir viviendo», le confesó. «Le dije que esperaba su llamada cuando hubiera encontrado algún motivo por el que vivir . Nos abrazamos y se fue», comenta el orientador, que rápidamente se puso en contacto con el psiquiatra que le corroboró el testimonio de Joan. Xavi González recuerda que después mantuvo «una relación esporádica» con Joan durante más de un año. «Todo fue bien según me contó, comenzó a hacer una vida normal y hasta se incorporó a un trabajo. A día de hoy, hasta lo que yo sé, superó aquella crisis». El caso de Joan -nombre ficticio porque el protagonista ha pedido a este diario preservar su intimidad– es un ejemplo de las revocaciones de los procesos de eutanasia por parte de los propios pacientes, y que cada año van aumentando de número. De hecho, en 2024, último año del que el Ministerio de Sanidad ha facilitado los datos, uno de cada veinte solicitantes se arrepintió a lo largo del proceso. En concreto, se registraron 54 revocaciones (el 5,81% de los 929 procesos iniciados), más del doble que en 2023, cuando fueron 21. Según el momento de la revocación, las solicitudes canceladas por voluntad propia en 2024 se distribuyen con 38 casos antes de la segunda solicitud, donde el proceso se detuvo de forma muy temprana. Entre la segundo solicitud y la resolución final hubo 7 casos. En ellos, como el caso de Joan que decidió retirarse en enero de 2022, el paciente cambió de opinión mientras la comisión evaluaba su expediente. Por último, después de la aprobación de la comisión, personas que ya tenían el permiso, pero renunciaron finalmente a la eutanasia, se dieron 9 casos.