Un estudio confirma una diferencia clásica: los perros ayudan, los gatos esperan una recompensa
2026-03-25 - 06:20
Que los perros estén pendientes de lo que hacemos no es ninguna novedad para quienes conviven con uno. Tampoco sorprende que muchos gatos observen la escena con atención, pero sin intervenir. Lo interesante es que ahora un experimento comparativo ha medido esta diferencia con datos. Una investigación liderada por la Universidad Eötvös Loránd (Hungría) comparó cómo reaccionan perros, gatos y niños de entre 16 y 24 meses cuando un adulto busca un objeto perdido sin pedir ayuda. El resultado registrado fue que los perros se comportaron de forma sorprendentemente similar a la de los niños pequeños. El experimento En los hogares de los participantes, para reducir estrés y mantener un entorno familiar, un experimentador escondía un objeto (generalmente una esponja) en presencia del animal o del niño. Después, el cuidador comenzaba a buscarlo mostrando señales de frustración, pero sin solicitar ayuda explícita. Participaron 40 perros, 27 gatos y 20 niños pequeños, todos entre un año y medio a dos años. Los investigadores registraron varias conductas como acercarse al objeto, manipularlo, alternar la mirada entre el objeto y el adulto (lo que se identifica como ‘mostrar’) o incluso cogerlo y entregarlo. Más del 75% de los perros y de los niños intentaron señalar o recuperar el objeto. Algunos perros llegaron a cogerlo y devolvérselo directamente al cuidador, una conducta considerada un fuerte indicador de intención prosocial. Los gatos, en cambio, aunque atentos a la escena, rara vez intervinieron. Atención no es lo mismo que ayuda Un punto importante del estudio es que las tres especies mostraron niveles similares de atención. Es decir, los gatos no ignoraban la situación y observaban tanto como perros y niños. La diferencia apareció en el paso siguiente, en el momento de actuar para beneficiar a otro sin recompensa directa. En el ensayo principal, el objeto escondido no tenía valor para el animal. Aun así, los perros y los niños colaboraron. Sin embargo, cuando los investigadores repitieron la prueba escondiendo algo apetecible, como comida o un juguete favorito en el caso de los gatos, las diferencias desaparecieron. En ese contexto motivacional, los gatos sí señalaron el objeto con la misma frecuencia que perros y niños. La conclusión, por tanto, no es que los gatos no comprendan la situación, sino que su participación parece depender más de su propio interés. Por qué los perros se parecen más a los niños La explicación probable está en la evolución, tal como señalan los autores del estudio. Los perros descienden de ancestros altamente sociales que cazaban y cooperaban en grupo. Durante miles de años de domesticación, además, fueron seleccionados por su sensibilidad hacia las señales humanas y su capacidad para integrarse en nuestras comunidades. Los gatos, en cambio, proceden de antepasados más solitarios. Su acercamiento a los humanos fue más oportunista a cambio de alimento, refugio y protección. Dicho de otra forma, no fueron seleccionados con el objetivo de practicar una cooperación directa con personas en tareas compartidas. La autora principal, Melitta Csepregi, subraya que la domesticación y la convivencia estrecha no bastan por sí solas para generar conductas prosociales espontáneas. Es decir, vivir en casa con humanos no implica automáticamente que una especie desarrolle tendencia a ayudar sin beneficio propio. ¿Empatía o aprendizaje? El estudio no estaba diseñado para responder a la gran pregunta de fondo: por qué ayudan. Los investigadores observaron el comportamiento, pero no podían determinar con precisión qué mecanismo psicológico lo impulsa en cada especie. Y ahí es donde se encuentra lo más interesante. En el caso de los niños de entre 16 y 24 meses, la ayuda espontánea en situaciones similares se ha relacionado en otros trabajos con el desarrollo temprano de la empatía y de la motivación social. A esa edad, los bebés comienzan a entender que otra persona tiene un objetivo (por ejemplo, encontrar un objeto) y que pueden intervenir para facilitarlo. No se trata todavía de normas morales complejas ni de ‘ser buenos’, sino de una disposición incipiente a participar en una acción compartida. Con los perros la interpretación es menos directa. Su comportamiento podría estar influido por varios factores que se superponen. Por un lado, el fuerte vínculo afectivo con su cuidador, ya que están atentos a nuestras señales emocionales y reaccionan ante la frustración o la búsqueda. Por otro, su historial de aprendizaje, donde influye que muchos perros han sido reforzados a lo largo de su vida por interactuar con objetos o por responder a gestos humanos. Y, además, está la hipótesis evolutiva, en la que miles de años de domesticación han favorecido individuos sensibles a nuestras intenciones y capaces de coordinarse con nosotros. En otras palabras, mientras que en los niños hablamos de la emergencia de la prosocialidad humana, en los perros podría confluir apego, aprendizaje y selección evolutiva hacia la cooperación interespecífica. Lo que el estudio sí permite afirmar con claridad es que en una situación ambigua, sin petición explícita y sin recompensa inmediata, perros y niños pequeños reaccionan de manera sorprendentemente parecida. Que el motor interno sea exactamente el mismo es otra cuestión. Limitaciones y preguntas abiertas Como en toda investigación comparativa, hay matices. Las experiencias previas de cada animal, como el nivel de entrenamiento, el estilo de convivencia o el grado de estimulación, pueden influir en la respuesta. Además, que un individuo no actúe no significa necesariamente que no haya entendido la situación, sino que podría requerir más información o más tiempo para decidir intervenir. Los investigadores también plantean la cuestión paralela de si los gatos comprenden el concepto de que su cuidador no sabe dónde está el objeto. Esta capacidad es una habilidad cognitiva compleja que en humanos se desarrolla progresivamente. Los resultados no convierten a los perros en mejores compañeros ni a los gatos en indiferentes. Más bien invitan a ajustar expectativas. Los perros parecen estar especialmente predispuestos a implicarse en problemas humanos, incluso cuando no obtienen nada tangible a cambio. Los gatos, por su parte, pueden necesitar un motivo más claro para intervenir. Entender estas diferencias aporta pistas sobre cómo evolucionó la cooperación entre especies y por qué los perros, en muchos contextos sociales, se acercan más a la lógica de un niño pequeño que a la de un felino independiente. Referencia: Dogs’ behaviour is more similar to that of children than to that of cats in a prosocial problem situation. Melita Csepregi et al. Animal Behaviour (2026)