'Un hijo propio' lleva el buen humor al Festival de Cine de Berlín
2026-02-21 - 14:33
Bien sea por el número de realizadores en el festival, bien porque es uno de los temas clásicos de la dramaturgia, la maternidad ha estado muy presente en esta Berlinale. Desde la maternidad repudiadora de Pamela Anderson en Rosebush Pruning de Karïm Aiouz hasta la terrorífica Nightborn de Hanna Bergholm, hasta la maternidad senil de Queen at Sea de Lance Hammer o la lucha contra el fanatismo de Not Good Men de Shahrbanoo Sadat. Pero nadie se ha enfrentado a ella de una manera más simpática y brillante que la chilena Maite Alberdi en Un hijo propio, presentada en la sección Berlinale Special y una de las grandes películas que se han visto en el certamen. Basada en un caso real, la película cuenta la historia de Alejandra, una mexicana abrumada por la presión social de la maternidad. Deprimida y desesperada tras dos abortos, decide solucionar su problema de una manera drástica: llega a un acuerdo verbal con Mayra, una embarazada por azar y sin deseo, para que le dé su hijo en adopción el día del parto. Eso sí, para el resto del mundo, y en especial para su marido, el niño debe ser nacido del amor conyugal, así que le toca fingir su embarazo. La película está dividida en dos partes. La primera, ficcionada, es la más divertida e interesante. Está narrada y protagonizada por una tronchante Ana Celeste, que recrea las pícaras ocurrencias de Alejandra para construir su inmenso bulo a familiares, compañeros de trabajo y allegados. Es en esta primera mitad en la que vemos un salto cualitativo en la carrera de Alberdi. Si bien ya habíamos visto sus trabajos de ficción, como el largometraje El lugar de la otra (2024), la directora demuestra en Un hijo propio una pasmosa capacidad para la dirección de actores (sobre todo actrices) y la puesta en escena. La ingenuidad que le otorga a su personaje Ana Celeste se acrecienta al rodearla de un mundo de estética barbie/baby shower, donde dominan los colores rosa pastel, y que contrasta con la sordidez del objetivo y los métodos de Alejandra. Con ligereza se nos plantea la presión social que supone la maternidad para las mujeres, encarnada en la disputa entre Alejandra y su suegra, o la estúpida falta de comprensión de su marido. Muy significativo de la sensibilidad de Alberdi resulta, además, la naturalidad con la que su cámara retrata México, alejada por completo de exotismos y fascinaciones turísticas. La segunda parte del filme es la propiamente documental y, para no estropear las desopilantes sorpresas y mil giros de la historia, digamos que registra las consecuencias dela ocurrencia de Alejandra. Juntas, ambas mitades nos entregan una película de una ternura y una humanidad altamente disfrutables para cualquiera, tanto aquellas que busquen un mensaje más ideológico y feminista, como las fans del true crime o del culebrón clásico. Con Un hijo propio, la directora de El agente topo y La memoria infinita demuestran ser una de las voces más interesantes del momento, y alguien en el festival nos tendría que explicar porqué está película no está en competición oficial. Porque cuando acabamos de ver la película, todavía con una risa torcida en el rostro, resulta innegable que tanto el documental como el mundo latinoamericano parece que se le queda chico a esta directora todoterreno cuyo talento no parece tener límite.