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Un mes de guerra en Irán: muchas opciones y ninguna buena

2026-03-28 - 08:00

Como juego de estrategia, el ajedrez guarda cierto parecido con la guerra. En ambos casos, se enfrentan dos voluntades opuestas, cada una con un plan con el que cree que puede derrotar a su enemigo. En la guerra, sin embargo, las partidas rara vez son simétricas. Ese es el caso que vemos hoy en Irán: uno de los bandos, el de EE UU e Israel, carece de peones, mientras que la República Islámica no tiene piezas mayores. Hace ya un mes que Netanyahu arrastró a Trump a la segunda guerra de Irán bajo la promesa de una victoria rápida basada en lo que en el juego del ajedrez llamaríamos el “mate del pastor”. Tácticamente, la idea era prometedora: Israel decapitó al régimen iraní en una jugada rápida y sorpresiva mientras los ayatolás confiaban en que las negociaciones en curso con los EE UU les mantendrían a salvo. Un ataque así, desde luego, rompe toda posible buena fe. Trump, siempre Trump, se queja ahora de que es difícil negociar con los supervivientes porque “tienen miedo de que los maten”. Sus correligionarios o los propios norteamericanos. Pero la guerra es la guerra y la felonía —en los Convenios de Ginebra a eso se le llama “perfidia”— podía haber sido redimida por el éxito... si hubiera dado resultado. Por desgracia para el ingenuo presidente de los EEUU, las reglas del ajedrez no siempre se aplican a la vida. Al contrario de lo que ocurrió en Venezuela, Irán continúa jugando sin su rey. Es posible que ni siquiera sepamos con certeza el nombre de quién manda hoy en Teherán —lo que contribuye a su propia seguridad— pero, quien quiera que sea el nuevo líder supremo, no parece desconcertado ni vencido. Al fracasado mate del pastor le ha seguido una apertura que, desde la perspectiva norteamericana, no puede ser más clásica: la destrucción sistemática de objetivos militares y políticos desde el aire. ¿El problema? A pesar de su eficacia en el nivel táctico, los bombardeos por sí mismos siempre se han mostrado insuficientes para poner de rodillas a los enemigos de Washington... y mucho menos a la teocracia iraní. Ellos, no lo olvidemos, se juegan la vida —nunca duran mucho los dictadores vencidos— y saben que cuentan a su favor con dos armas más poderosas que los misiles: el tiempo y el espacio. La fase de apertura tiene un límite natural. Llega un momento en el que ya no queda nada relevante que bombardear. El propio Trump, a quien no juzgo como político pero que quizá sea uno de los estrategas más torpes de la historia de la humanidad, acaba de reconocer que ya no tienen a qué disparar. Exagera el magnate, pero no demasiado. Los peones destruidos en los bombardeos cada vez valen menos. Cuatro semanas después de matar a Jamenei, Israel presumía estos días de haber eliminado a un contralmirante de la Guardia Revolucionaria a quien —permita el lector que lo valore a partir de mi experiencia personal— nadie va a echar de menos. No son contralmirantes lo que les falta a los iraníes. Trump, a quien no juzgo como político, quizá sea uno de los estrategas más torpes de la historia de la humanidad Cuando acaba de comenzar el segundo mes de la guerra, ¿qué opciones le quedan a Trump? La primera es continuar la fase de apertura pero, esta vez, al peculiar modo israelí. Como cada día le quedan menos blancos militares, el magnate podría empezar a atacar objetivos civiles. De hecho, el impredecible presidente de los EE.UU. ya tentó ese camino cuando dio un ultimátum de 48 horas para que los ayatolas abrieran el estrecho de Ormuz bajo la amenaza de destruir las centrales eléctricas de Irán. El plazo del ultimátum ya ha sido dos veces prorrogado con el pretexto de que “las negociaciones de paz van bien”, algo que niegan los iraníes. Puede que sea así y puede que no pero, si atacara las centrales que dan energía a los hospitales y panaderías de Irán, a los semáforos de Teherán y de Mashhad y a la telefonía pública y la calefacción de 90 millones de personas, Donald Trump se convertiría en un criminal de guerra. Eso es algo que, como es obvio, no le importa mucho a Putin ni a Netanyahu, pero sí le dolerá a Trump, líder de un partido republicano que, poco a poco, se va alejando de su influencia. Y eso no lo dice ya la CNN, sino Fox News, el canal de televisión conservador por excelencia. Si la apertura no ofrece un camino claro hacia la victoria, Trump y Netanyahu se verán obligados a activar sus planes para lo que en ajedrez se llama el medio juego. Pero ¿existen esos planes? Una de las posibles líneas de acción, el ataque al petróleo y al gas iraníes, ha resultado contraproducente hasta el punto de que, después del bombardeo israelí de las instalaciones de gas de Pars Sur y la devolución de los daños a la parte catarí del mismo yacimiento, el presidente de los EE UU ha prometido “no volver a hacerlo”. ¿Cumplirá su promesa? Quien sabe, pero no hacerlo le volverá a dejar exactamente donde ya estuvo... y no le gustó. Cuanto antes de dé cuenta el magnate de cuál es el verdadero dilema, más fácil será su decisión y menos grave será su error. Hay otras posibilidades sobre la mesa. La ocupación de la isla de Jarg u otras islas más cercanas al estrecho de Ormuz es factible cuando lleguen a la zona las tropas que EE UU necesita para llevar a cabo los asaltos. Sin embargo, si estas fuerzas no estaban ya desplegadas en el Medio Oriente es porque hasta ahora a nadie le pareció una buena idea. Sigue sin serlo. Pondrá en peligro a las fuerzas norteamericanas para hacer algo —privar al régimen islámico de las ganancias del petróleo—que puede hacerse igual desde el aire... y que solo podría dar resultados prácticos a muy largo plazo. No hay varitas mágicas en la guerra, pero sí en la política. Es en ese terreno donde Donald Trump podría sacarse de la manga uno de sus milagrosos cambios de rumbo, pero es mejor que lo haga rápido porque la situación se está volviendo más difícil cada día que pasa. En última instancia, solo tiene dos verdaderas opciones sobre las que ha de decidir: seguir adelante, dejando que la dinámica de la guerra le arrastre más y más como le ocurrió a Kennedy en Vietnam o darse por satisfecho con lo logrado y volverse con el rabo entre las piernas como, algunos años después del error de Kennedy, tuvo que hacer el presidente Nixon. Cuanto antes de dé cuenta el magnate de cuál es el verdadero dilema, más fácil será su decisión y menos grave será su error.

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