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Un recorrido por Madeira, la isla portuguesa hecha de montañas, cascadas y sol

2026-03-01 - 19:13

Arriba, un cielo azul brillante solo interrumpido por alguna nube baja. Abajo, pequeñas lagartijas que corretean y se asustan a nuestro paso. A la izquierda, montañas que mueren en el mar y lloran cascadas altas y esbeltas. A la derecha, aletas de delfines que nadan con parsimonia a escasos metros de nuestro barco. Atrás, calles animadas de pueblos pesqueros, mercados abarrotados de frutas exóticas y bares donde probar todas las variedades de poncha. Y de frente, por supuesto, nada más que la isla de Madeira. Envuelto por un clima suave durante todo el año, este territorio portugués emana el aire de lo lejano y exótico, pero en realidad un corto vuelo de apenas 1 hora y media lo separa de la península ibérica. Recorriendo Funchal Un reguero de casas baja por la ladera de la montaña hasta llegar a las aguas del Atlántico, dando forma a la animada capital de Madeira: Funchal. Las callejuelas estrellas de su casco antiguo nos invitan a un paseo relajado, entre edificios que cargan siglos de historia en sus muros, restaurantes que nos atraen con su olor a comida casera y una población local que resulta cálida y acogedora. Un conjunto de puertas pintadas con infinitos diseños nos acompaña durante el camino. Estas forman parte de un proyecto artístico que busca revitalizar la ciudad culturalmente. El Mercado dos Lavradores aparecerá entonces ante nosotros, con un bullicio de personas entrando y saliendo de entre sus muros pintados de amarillo. En su interior, nuestra nariz se llenará de diferentes olores: fruta tropical, verdura fresca, pescado recién capturado, flores aromáticas... Ahora, nuestros pasos nos dirigen a uno de los edificios más icónicos de Funchal, la Sè Catedral. "La primera iglesia romano católica que se levantó en medio del Atlántico", nos cuenta Celia Mendonça, guía turística. Aunque este sea el edificio religioso más importante de la capital, en sus calles no faltan otras iglesias repletas de historia, como la iglesia de San Juan Evangelista del Colegio, el Convento de Santa Clara y las capilla de Santa Catalina y Corpo Santo. El aspecto militar lo aportan el fuerte de São João Batista, el fuerte de São José y la fortaleza de São Tiago, que "formaban parte de la línea de defensa de la ciudad ante los piratas", detalla Celia. Los secretos de las montañas Las verdes montañas que recortan el horizonte medeirense, los paisajes dramáticos de playas de rocas y arena negra, el mar salvaje que llena la costa de sal... La naturaleza de la isla es su principal atractivo, una llamada a los amantes del turismo activo, de la adrenalina y la belleza de que reside en una corriente de agua que fluye suavemente, en un bosque silencioso y en un manto de niebla que baja poco a poco como una lluvia fina. Aunque las palabras no le hacen justicia, eso es lo que nos encontraremos haciendo una ruta de senderismo por sus famosas levadas, antiguos cursos de agua artificiales. "Hace muchos años hicieron estas levadas para transportar agua de un lado a otro, para el riego y para beber. Muchas vidas se perdieron, era un trabajo muy peligroso y fue todo manual", explica Lionel, guía de senderismo. "Algunos años atrás, los maderienses empezamos a caminar por ellas por ocio. Se lo empezamos a mostrar a las personas que nos visitaban y ahora se ha convertido en un reclamo", añade. Hay rutas para todos los niveles, desde largos y exigentes recorridos hasta itinerarios más fáciles y aptos para principiantes. En ese segundo supuesto está la Levada do Barreiro, que con 5,2 kilómetros de largo (alrededor de 2 horas), conecta la Casa do Barreiro con el Poço da Neve. Escaleras talladas en la roca, tramos vertiginosos que nos dejan al borde del precipicio, cascadas que nos mojan los pies y la presencia permanente de la levada a nuestro lado marcan el ritmo de esta ruta que nos quitará el aliento (literalmente). Allá arriba, en las montañas, más allá del senderismo, la escalada y barranquismo, también hay espacio para planes más relajados: visitar pueblos escondidos entre los valles y las sombras de las cumbres. "Madeira, desde siempre, ha sido una parada estratégica en las rutas comerciales, y entre tantos barcos también llegaban piratas para robar comida y dinero, pero también para robar niños y convertirlos en piratas", nos explica Hugo, guía en una empresa turística. "En 1520, se creó una institución para que las monjas clarisas protegiesen a los niños pobres y huérfanos, y una de ellas llevó a un grupo a un lugar escondido y lejos de la costa", explica. Se creó entonces una pequeña comunidad aislada que a día de hoy se ha convertido en un curioso pueblo acunado con cuidado entre verdes montañas: Curral das Freiras, es decir, "corral de las monjas". Mar, arena y delfines Serpenteando entre carreteras que parecen montañas rusas y túneles que nos sorprenden con impresionantes postales al otro lado, los oídos los cambios de presión al cambiar de altura. De nuevo, al nivel del mar, el ambiente marinero vuelve a envolverlo todo y nos ofrece lugares tan mágicos como Câmara de Lobos. "Churchill vino a esta villa y se enamoró de ella", destaca Hugo. En su puerto flotan sobre un mar azulísimo los barcos pesqueros que esperan la siguiente faena. El entramado de casas se despliega con brillantes tejados naranjas que relucen bajo el sol. Y como telón de fondo, terrazas y terrazas verdes, excavadas en la ladera de la montaña, y en las que se cultivan plataneros. Un larguísimo túnel nos conecta con el lado norte de la isla, atravesando su corazón de costa a costa. En el litoral norte, los paisajes no decepcionan y alcanzan ese listón tan alto que dejan los del sur. Allí aguarda la localidad de Seixal, debatiéndose entre la tierra y el mar. Su impresionante playa, que nos deja caminando sobre arena negra, compite con la enorme piscina natural que queda a sus espaldas. Incluso sin salir de la capital de la isla, podemos vivir experiencias únicas en el mar. En Funchal encontraremos algunas playas de piedras donde refrescarnos después de un día explorando la ciudad, pero si verdaderamente queremos entrar en contacto con la naturaleza madeirense, con su fauna autóctona, hay una actividades que no podemos pasar por alto. Desde el puerto de la localidad parten barcos que nos adentran en las aguas del Atlántico y nos acercan a las criaturas que allí viven. Entre las olas empiezan a asomar aletas de delfines y colas de ballena, y más que nunca se siente que viajar a Madeira es adentrarse en una tierra salvaje que no duda en robar el corazón a todo aquel que la pisa.

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