Una luz que nos separa, las pantallas rompen la intimidad: "Cuando uno tiene el móvil y el otro no, te sientes ignorado"
2026-02-15 - 07:55
En la cama de la profesora universitaria y psicopedagoga Pilar Jiménez y del farmacéutico Iván Silva, ambos de 46 años, las pantallas de sus smartphones a veces se imponen a la conversación. Rompen con ese momento de compenetración que se presupone han de ser los últimos minutos de la jornada, justo antes de planchar la oreja. No es una escena excepcional, tampoco especialmente conflictiva, pero sí reveladora de una rutina compartida por muchas parejas. "Es que no me haces caso", acaba diciendo Iván de vez en cuando. En otras ocasiones lo piensa y se lo guarda, evitando abrir un conflicto a esas horas. Le molesta esa sensación de estar juntos y, al mismo tiempo, cada uno en su propia burbuja. A Pilar, sin embargo, ese rato le parece un momento propio después de un día entero de trabajo, hijos y obligaciones. "Es como cerrar el día", explica. "Un momento tuyo, con tus cosas". Pero cuando en la cama se suma una pantalla, uno de los miembros de la pareja puede quedarse mirando mientras espera incómodo su turno. Lo que ocurre en el dormitorio de Iván y Pilar no es, ni mucho menos, una excepción. Según el estudio Intimidad y Pantallas, impulsado por Pikolín entre 500 personas que conviven en pareja en España, casi el 70 % de las parejas utiliza pantallas en la cama antes de dormir. Además, en seis de cada diez dormitorios, la última luz que se apaga no es la del interruptor. Es la del móvil. El gesto se ha normalizado tanto que ya forma parte del ritual nocturno. Es tan cotidiano como lavarse los dientes o poner la alarma antes de dormir. Dormitorios compartidos, atención dividida "El móvil no se coló de golpe en la cama: ha sido un proceso tan gradual que apenas nos hemos dado cuenta de que ya está instalado entre las sábanas", explica Anna Vicen Renner, coach especializada en terapia de parejas. En su experiencia profesional y a la luz de los datos del estudio de Pikolin, el dispositivo ha pasado de ser una distracción puntual a convertirse en un tercer miembro estable de la relación. No tanto por el aparato en sí. Es lo que simboliza la cajita tonta. Una disponibilidad absoluta hacia lo digital que desplaza, casi sin darnos cuenta, la presencia real hacia la persona que tenemos al lado. "Actuamos como si tuviéramos un compromiso más fuerte con el móvil que con nuestra pareja", señala Vicen Renner. "Si notifica, miramos; si suena, atendemos. Mientras tanto, dejamos al otro en una especie de "modo espera" emocional". Cristina Gómez, periodista de 39 años, y Héctor García, consultor de marketing de 41, también llegan a la cama exhaustos. A veces tan deshechos que el móvil, más que una elección consciente, se convierte en pura inercia al terminar el día. Modo automático activado. "Yo busco desconectar con algo que no me suponga pensar", reconoce ella. "Es una forma de apagar el ruido mental acumulado durante la jornada". Él mira recetas de cocina o vídeos relacionados con sus aficiones, aunque admite que muchas veces lo hace sólo porque ella también lo hace. "Si ella no cogiera el móvil, yo probablemente tampoco", reconoce, señalando el efecto contagio del hábito. Pero el problema no reside tanto en cuando los dos están mirando la pantalla, sino cuando uno la suelta antes que el otro. Ahí aparece algo que casi todos reconocen y con lo que pocos saben bregar dentro de la pareja. "Cuando uno tiene el móvil y el otro no, te sientes ignorado", dice Cristina. "Aunque racionalmente sepas que no es así, duele. Es muy desagradable". En quien espera hay frustración. Y en quien se abstrae con la pantalla emergen atisbos de culpa, aunque no siempre se verbalice o acabe traducido en una discusión. Los datos ayudan a poner palabras a esa sensación difusa. Según el estudio de Pikolin, el 46 % de los españoles afirma sentirse invisible cuando su pareja usa el móvil en la cama y el 37 % reconoce sentir culpa por dedicar más tiempo a la pantalla que a la persona que tiene al lado. Además, uno de cada tres se acuesta con la sensación de haber sido ignorado. No se trata solo de una molestia puntual, sino de una experiencia emocional que se repite y se acumula. No siempre hay reproches ni grandes bullas, claro, pero sí un desgaste constante. Un malestar soterrado que se repite noche tras noche y que va erosionando la conexión emocional. "Podemos acabar en una soledad acompañada: estamos juntos en la misma cama, pero mental y emocionalmente a kilómetros de distancia", apunta Anna Vicen Renner. Esa incomodidad, en muchos casos, acaba aflorando. El 43 % de las parejas admite haber discutido alguna vez por el uso del móvil en el dormitorio, una cifra que asciende hasta el 61 % entre las parejas jóvenes. Juventud, divino tesoro, que tiende a reclamar con más intensidad atención y presencia, y que todavía no se resigna al silencio. No es casual que casi la mitad crea que habría más momentos de intimidad, o sexo, ya puestos, si el dispositivo no estuviera presente. El móvil no sustituye a la pareja, pero ocupa un espacio que antes estaba reservado a la conexión. "Para que exista deseo, necesitamos sentirnos vistos", recuerda Vicen Renner. "Cuando la atención se va a la pantalla, el mensaje implícito es que cualquier otra cosa resulta más interesante". Iván reconoce que, en su caso, suele decirlo en voz alta. "Reivindico más tiempo para conversar", explica, dejando claro que no se trata de controlar al otro. Se trata de compartir, que para algo se educa a los niños en hacerlo siempre. Le molesta sentir que las respuestas se acortan y que la atención se fragmenta. Pilar, en cambio, admite guardárselo y evitar el choque directo. Mejor no irse a la cama atrayendo la mala sangre. Por norma, Pilar asegura que termina lo que está haciendo o intenta hablar a la vez, aunque sabe que eso tampoco le gusta demasiado a su pareja. "Yo lo entiendo más como un tiempo de dedicación personal", dice. Y quizá por eso no se lo recrimina cuando es él quien mira el móvil. La cama, curiosamente, no es para ellos "el lugar de hablar". Aseguran que tienen buena comunicación, pero no a esas horas. De noche prima el cansancio. Se asume el hastío y el tedio dar la murga. Lo que el móvil evita (y lo que despierta) "Si el móvil hablara", dice Iván, "diría que evita casi cualquier interacción". No se refiere necesariamente a una gran conversación pendiente, sino al simple hecho de estar presentes el uno para el otro. Pilar lo explica de otra forma. Se dan el beso de buenas noches y luego cada uno cierra el día como quiere. Ella revisa Instagram, WhatsApp, el correo o la agenda del día siguiente. "No siento que esté evitando algo concreto", matiza. "Tampoco evitamos muchas cosas". Cristina, en cambio, sí percibe el móvil como una barrera clara. No solo para hablar, sino para los gestos pequeños que sostienen la relación. "Evita miradas, contacto, abrazos... y una cosa lleva a la otra", explica. No habla únicamente de relaciones sexuales, quede claro, sino de intimidad y de complicidad. Héctor, su pareja, coincide con esa lectura y lo resume de forma sencilla: "El problema no es una noche concreta, sino cuando se convierte en costumbre". De hecho, casi la mitad de los encuestados considera que las pantallas son una barrera directa para la intimidad y el sexo, una percepción especialmente fuerte entre los menores de 35 años. Aun así, uno de cada tres reconoce que no suele conversar con su pareja antes de dormir, y casi la mitad mira el móvil en la cama con su pareja al lado. Una contradicción asumida con resignación. A veces, el teléfono también funciona como escudo. Pilar admite que puede haber noches en las que uno se hace "el ocupado" para evitar silencios incómodos o conversaciones que no apetecen a esas horas. "No es lo habitual, pero ocurre", reconoce. Cristina, por su parte, lo admite con sorna. "Alguna vez he puesto adrede la barrera del móvil porque estaba cansada y no me apetecía que pasara nada más". Apagar para ver qué pasa A pesar de todo, la mayoría sabe que el móvil en la cama no ayuda. Como informa el estudio de Pikolin, el 62 % de los españoles desearía tener un dormitorio libre de pantallas y el 64 % admite que, aunque es consciente de que el móvil reduce la calidad del tiempo en pareja, sigue utilizándolo antes de dormir. El deseo de cambio convive con la dificultad real de modificar hábitos profundamente arraigados. Héctor, de hecho, muchas noches se acuesta sin el móvil. "Lo dejo fuera de la habitación y no me supone ningún problema", explica, señalando que el descanso es incluso mejor. Por su parte, Cristina lo vive de otra manera y reconoce que le cuesta más. La última vez fue porque se quedó sin batería, pero recuerda bien la sensación. "Es muy placentero. Leemos, nos bajan las pulsaciones, hablamos o nos abrazamos con una sensación de mayor conexión. No hay un "tercero" en la cama". Iván y Pilar no recuerdan la última noche sin móviles. Probablemente fue una noche de agotamiento extremo, de preocupación o de fervorosa ilusión por algo. Si no, la rutina se repite: un ratito de pantalla antes de apagar la luz. Cuando imaginan qué pasaría si el móvil desapareciera del dormitorio durante 21 noches, aparecen tanto deseos como inquietudes. A Pilar le gustaría conectar más, hablar del día y alargar el momento de estar juntos, aunque reconoce que no le encanta perder el control de cuándo termina la noche. "El móvil tú decides cuándo apagarlo; la conversación es cosa de dos", bromea. Iván, en cambio, sueña con no echarlo de menos. "Con que la conversación sea lo último del día, que sirva para relajarse, abrazarse y mirarse". En esa línea se sitúa el reto #21NochesConectados, impulsado por Pikolin, que anima a las parejas a pasar 21 noches sin pantallas en la cama y a crear nuevos rituales de descanso para reconectar emocionalmente. Una propuesta que no pretende cambios radicales, sino que habla de algo mucho más sencillo: atención y presencia. Un reto que consiste en apagar una luz, dicho cursimente, para encender otra. Porque, al final, el problema no es el móvil. Es todo lo que ocupa cuando está ahí y todo lo que podría pasar si, alguna noche, no lo estuviera. Si quieres contactar con 20minutos, realizar alguna denuncia o tienes alguna historia que quieres que contemos, escribe a actualidad@20minutos.es. También puedes suscribirte a las newsletters de 20minutos para recibir cada día las noticias más destacadas o la edición impresa.