Una mujer insumisa
2026-03-06 - 12:23
El último día del juicio contra Dominique Pelicot, el individuo que durante diez años drogó y violó a su mujer e invitó a su casa a más de cincuenta hombres que accedieron a violarla mientras él grababa cada detalle, declaró que lo que había querido era someter «a una mujer insumisa». El dato lo encontramos en el libro publicado recientemente por Lumen, en el que Gisèle Guillou, su exmujer , cuenta su vida entera, incluidos los cincuenta años de un matrimonio aparentemente normal, y por supuesto las atrocidades que descubrió la policía. Lo escribió con ayuda de la periodista francesa Judith Perrignon, que hace un trabajo impecable, pues no solo logra hacernos «oír» a Gisèle, sino hacernos intuir quién es: no precisamente una rebelde, pero sí una mujer vivaz, inteligente, amorosa, independiente y compleja , cuya vida familiar se destrozó tal vez para siempre, pero que ha sabido reconstruirse y dar al mundo una lección de valentía. El libro, que podría generarnos suspicacias -yo las tuve-, no hace concesiones al morbo, aunque es descarnado y a veces brutal. En cambio, trata de suscitar reflexiones y preguntas, la primera de ellas –que contestan en el libro los psiquiatras que declararon en el juicio–: ¿cómo se explica la perversidad de Dominique Pelicot y cuál es su patología? Pero hay otras: ¿qué lleva a cincuenta y pico de hombres, de todas las calañas, a violar de las maneras más aberrantes a una mujer inconsciente? ¿Y al señor Marechal, uno de los violadores, a imitar a Dominique Pelicot, con quien abusó de su propia esposa usando los mismos medios? ¿Cómo encaja una familia normal ese descubrimiento sobre su padre? Muchas cosas no podemos entenderlas, pero sí que la violencia masculina es muchas veces algo que se transmite de generación en generación; Gisèle nos narra las tiranías del padre del abusador Pelicot; las eternas lágrimas de la madre; el abuso de una niñita recogida por la pareja; el acoso de la media hermana de Dominique, que debió huir a los 17 años y el manoseo de él mismo en su niñez por un enfermero; la historia de Marechal, un niño golpeado, que fue «obligado a ver a su padre violando y haciendo violar a su madre» y rondando a sus hermanas, y cómo los cincuenta abusadores , sentados en el juicio al lado de sus esposas o sus madres, veían desenfadadamente las infames grabaciones . Uno de ellos se defendió diciendo: «No tenía tiempo para elegir. No soy un violador, pero si hubiera querido violar, no habría elegido a una mujer de cincuenta y siete años, habría elegido una más guapa». Hubo otras violencias: la implacable de las redes; la de los abogados de la defensa, que insinuaron que ella colaboraba con las violaciones; la del presidente del tribunal que se refirió a las imágenes como «escenas de sexo». Pero Gisèle Pelicot, que había decidido hacer público este histórico juicio, se mantuvo firme a pesar de las extenuantes semanas en que tuvo que ver, unas tras otras, las terribles imágenes del oprobio. «Marcharme era desertar». Y no solo eso: se creció, estimulada por los cantos de apoyo de la multitud de mujeres que la esperaba a diario afuera del tribunal. Se había convertido en un símbolo , el de la resistencia de las mujeres frente al poder patriarcal. Porque, más allá del desprecio de los agresores por sus víctimas, lo que hay en ellos es el placer de la dominación, del ejercicio del poder. Y de lo que Rita Segato ha llamado mandato de masculinidad. Gisèle, la «mujer insumisa» renunció a ser víctima, y, como sabemos, se encargó de que, por una vez, la vergüenza cambiara de bando.