Una persona con discapacidad intelectual tiene entre 2 y 4 veces más probabilidades de tener una enfermedad mental
2026-01-26 - 06:04
La prevalencia de aparición de trastorno mental en personas con discapacidad intelectual se sitúa entre el 30 y el 50%, cifras que están por encima de la prevalencia de trastorno mental en la población general. En el Centro San Juan de Dios de Ciempozuelos (Madrid) dan fe de estas cifras e incluso amplían este rango de prevalencia debido a las características de las personas que allí ingresan. “Aquí vemos una prevalencia más alta porque a nuestro centro nos llegan personas que tienen discapacidad intelectual, una alteración conductual grave y un alto porcentaje tiene también una enfermedad mental”, explica Carolina Torruella Millas, psicóloga de la Zona de Observación y de la Unidad 4 del Área de Discapacidad Intelectual del San Juan de Dios. Al centro llegan con una discapacidad intelectual, una alteración grave de la conducta y, como dice una de las enfermeras del área, con muchas batallas perdidas. Los profesionales se enfrentan al reto de identificar si estos problemas de conducta se deben a un trastorno mental no diagnosticado (todavía), a la propia discapacidad intelectual, a las dificultades comunicativas que puedan tener, a un entorno complejo o a una combinación de varios. Se estima que una persona con discapacidad intelectual tiene entre dos y cuatro veces más probabilidades de desarrollar una enfermedad mental que la población general. Las personas con discapacidad intelectual suelen acumular historias de rechazo social, de incomprensión; también es frecuente que sean más vulnerables al estrés y son más vulnerables a sufrir abusos. A algunos la discapacidad intelectual les produce dificultad para regular sus emociones, así como la capacidad para comunicarlas. Estos factores, entro otros posibles, son determinantes para que una persona con discapacidad intelectual tenga más probabilidad de desarrollar una enfermedad mental. Además de esta mayor prevalencia, las personas con discapacidad intelectual se enfrentan también a esta realidad: la dificultad para llegar a un diagnóstico de enfermedad mental (caso de que la tengan). “Es más difícil que con la población general”, explica Carolina, “porque entra en juego el efecto eclipsador de la discapacidad intelectual. La discapacidad eclipsa toda la sintomatología que pueda haber y por eso la detección es más compleja”. Por ejemplo, hay personas con discapacidad intelectual que tienen dificultades de comunicación, lo que les complica muchísimo para verbalizar lo que les está pasando. “El diagnóstico es fundamental para poder dar una atención a la persona y ofrecerle los apoyos necesarios”, cuenta Carolina. “Una persona sin discapacidad intelectual que se comunica bien, me sabe expresar y yo veré antes que tiene paranoia, por ejemplo. En el caso de la discapacidad intelectual acceder al mundo interior es más difícil”. Dada la dificultad para diagnosticar, lo primero es tener una buena relación con cada una de las personas. “Conocerla al máximo posible”, explica Carolina. “Preguntar mucho al personal que trabaja directamente con esa persona para ir conociéndola mejor. Te empapas de información de su entorno”. El trabajo multidisciplinar es clave: psicóloga, educadora, trabajadora social, psiquiatra. “También lo es adaptarte a su comunicación y su lenguaje. Puede ser hasta lenguaje de gestos, todo para que haya un mínimo de intercomunicación, lo que hace también que la persona esté bien. Al final el vínculo que se establece con cada persona es importantísimo, la relación terapéutica, y a partir de ahí se puede construir, intentar una ayuda para que se potencien todas sus capacidades y se desarrolle de la forma más óptima. La idea es que se incluyan en la comunidad y la mayoría de las personas que tratamos en el centro mejoran”, concluye Carolina.