Universos paralelos en la línea 3
2026-03-01 - 08:53
El mejor amigo del hombre no es el perro, es la avaricia. La frase vaciló en el aire y terminó clavándose en mi frente como una flecha. La acababa de pronunciar, en el vagón de metro, una mujer bellísima, de voz poderosa, que conversaba frente a mí con otra mujer no tan bella, aunque igual de atractiva. Entre nosotros se interponían varias piernas: gruesas, musculadas, enfundadas en chándal. Como si un gimnasio entero hubiera subido en la misma parada. Hasta entonces yo intentaba concentrarme en mi teléfono, donde disputaba una partida de ajedrez. La conversación me molestaba. No lograba descifrarla: un runrún confuso, demasiado alto, trivial, irritante. Entonces irrumpió la frase y, al mismo tiempo, un montón de culturistas se adueñaron del espacio entre ellas y yo. Cuando mis ojos regresaron a la pantalla, ya me habían hecho el jaque pastor. Pasé el resto del trayecto tratando de averiguar a qué obedecía aquella sentencia. ¿Qué relación podía haber entre la amistad de un perro y la avaricia? ¿De qué hablaban esas mujeres misteriosas? El individuo a mi derecha observaba el desarrollo de mi nueva partida sin el menor disimulo, pegando su hombro al mío. Escoré el cuerpo para ocultarle la pantalla justo cuando me alcanzó otra frase: "En cualquier caso —dijo la menos bella—, la avaricia nunca ladra como un perro". Nos reímos los tres: ellas y yo. Pensé que me habrían descubierto, pero no. Estaba tan oculto tras las piernas de los culturistas —troncos de secuoya— que mi risa pasó inadvertida. Ellas siguieron a lo suyo, con su conversación hermética, atractiva, casi extraterrestre. Y el individuo bigotudo a mi lado, bigotudo como un cosaco, espiando mi partida como si le fuera la vida en ello. Llegamos a la Puerta del Sol y, como suele ocurrir en este cruce de caminos, el vagón cambió de viajeros. Se vació y se llenó casi al mismo tiempo, con alguna colisión estratégica. Las mujeres salieron y yo las seguí con la mirada. Se perdían en la marabunta con sus palabras, con su avaricia y sus perros, con su misterio. Estuve tentado de perseguirlas, pero vacilé lo justo para que las puertas se cerraran. Entonces el cosaco me lanzó su aliento: "Caballo B3 o su alfil te lo come". El tren se puso en marcha y allí me quedé, junto al espía, triste, ajeno para siempre a la conversación de aquellas dos mujeres. Hay físicos que sostienen que nuestro universo no es único, sino que convive con infinitos universos paralelos. En cada uno de ellos viven tus otros yoes, las vidas que habrías llevado de haber tomado otra decisión en el camino. Tu yo que no se divorció sigue ahí, casado y con más barriga, supongo, pero mejor salud; tu yo que dejó el trabajo; el que logró el ascenso; el que se fue a vivir a Roma y ahora es mendigo; tu yo que aprobó la oposición y se muere de aburrimiento, pero no paga la cuota de autónomos; tu yo que vendió un millón de ejemplares de su primera novela y luego se suicidó. Algunos físicos son aún más audaces. Creen que uno puede pasar de un universo a otro con la intención suficiente, igual que se cambia de vagón en el metro. La acción tiene un nombre técnico: transurfing. Yo, por supuesto, creo en los universos paralelos y en el transurfing, pero nunca intento el desplazamiento. ¿Para qué ir al universo en el que salgo del vagón tras aquellas mujeres? ¿Qué pensarían de mí si las abordara para preguntarles de qué hablaban? ¿Habrá conseguido mi otro yo irse a tomar un café con ellas o habrá terminado en una clínica de reposo? Las dos cosas, claro. En cualquier caso, ¿qué sentido tiene que exista un universo donde uno pierde su cita con el dentista —con lo que me dolía la muela— solo por desvelar el misterio de una conversación ajena? Quita, quita. Donde esté este universo que se quiten todos los demás.